martes, 20 de septiembre de 2016

Redes sociales, Redes de pesca




Carta a los amigos y amigas de Robles Amarillos que durante más de un año habéis pertenecido a un grupo de wassap de igual nombre y que, al decidir yo abandonarlo, habéis hecho lo propio.


Queridos amigos y amigas: 
Parafraseando al alcalde de la película Bienvenido M. Marshall,
 “como alcalde vuestro que soy os debo una explicación, y esa explicación os la voy a dar”.
Quiero decir que yo creé un grupo de wassap, os invité a participar en él, decidisteis confirmar vuestra pertenencia al mismo y así lo habéis hecho hasta el final. Que algunos os incorporasteis después, e incluso, que poco antes de la fecha de cierre invité a Carmen Miranda, a quien, si a los demás os debo una explicación, a ti, Carmen te debo dos y quizá tres.
Debo empezar por el principio. Estaba hace más de un año en Portugal y me dije, quizá podría formar un grupo de wassap y atraer a mis amigos al blog Robles Amarillos y posibilitar relaciones diversas que lo enriquezcan y tal. De todos los invitados, vosotros decidisteis confirmar vuestra participación en el proyecto, de forma activa o solo lectora.



Y así transcurrió el tiempo, más de un año. Puse en el grupo de wassap tantos enlaces a mi blog como entradas o artículos iba escribiendo; coloqué enlaces de cosas, a mi parecer interesantes; comentasteis cosas, colocasteis fotos, establecisteis diálogos y, también, claro que sí, hubo semanas en las que nada nuevo había.
Y un buen día, poco después de hechas las presentaciones de Carmen, os envié un mensaje con mis intenciones acerca de wassap. Fue una mezcla de intuición y reflexión.
Días después, en un último mensaje, os informaba de mi abandono del grupo y mi convicción de dejar los grupos de wassap y, dentro de algún tiempo, abandonar esta aplicación definitivamente.
Podría bastar con lo ya dicho y punto final. Yo sé que habéis respetado mi decisión, y que habéis abandonado el grupo porque pensasteis que tenía sentido solo como había existido.



Pero como amigos y amigas míos que sois, os debo una explicación, digo, y os la voy a dar.
¿Os habéis dado cuenta de que wssp solo existe en los móviles? Quiero decir que Twitter, Google, Facebook, etc. son artefactos que puedes usar tanto desde ordenadores como móviles. Pero wssp solo en móviles. ¿La finalidad? Que todos tengamos teléfonos móviles con conexión a internet (porcentualmente el primer país de Europa) y que, la mayoría, estemos todo el día dándole al chisme.
Además de todos los Contactos, en los móviles con wssp, como todos sabemos, puedes crear grupos o formar parte de ellos. Y se crea una malla que hace que muchos estemos, más tiempo del debido, dale que te dale al teclado del móvil. Y si alguien se sale de un grupo es peor que cuando, siendo pequeños, nos “desajuntaban” de un grupo de amigos o nos hacíamos de otra pandilla.



Si a ello se le añade que en los móviles vamos incorporando cada vez más aplicaciones, llega un momento en que todo es consultado desde el dichoso artefacto, en lugar de desde el ordenador. Y con esa pantallita, y con ese tecladito, observad a vuestro alrededor: una parte importante de la población está pegada a su móvil, y ese aparatito manda sobre ti, interrumpe conversaciones, a veces muy íntimas, otras de amigos, familiares, profesionales y de todo tipo.
Cuando en el mes de agosto pasado, estando fuera de España, me veía como un descosido cuando en casa de familiares o amigos había wiffi y quería aprovecharlo, me dije: ¿Esto qué es? ¿Qué finalidad tiene este pequeño chisme?
Al mismo tiempo intenté conocer mejor y más profundamente las redes sociales. Y lo que voy a decir ahora es mi opinión personalísima.


 

Wassap
Todos los contactos los va a usar su dueño actual, Facebook, para integrarlos en su red de publicidad aprovechando la ubicación de cada uno. (Porque esa es otra: sin darnos cuenta, o dándonos, siempre tenemos abierta la Ubicación en nuestro móvil: el rastro que vamos dejando es apabullante).
Se puede desactivar esa utilización de wasap por Facebook, pero es tan rebuscada la forma de prohibirlo que mucha gente dirá: ¡anda ya!
Por eso yo, en cuanto determinados asuntos familiares lo permitan, abandonaré wassap totalmente por todo lo antedicho.
Twitter
Es el lugar donde más se insulta y donde el anonimato es apabullante. Puedes, eso sí, poner enlaces a documentos, fotos, vídeos…Pero acabará muriendo por su propio ser.
Facebook
Hasta hace mes y medio yo no lo usaba nada. Y he visto que todo el mundo expone su privacidad, sabiéndolo o no, y que, aunque hay rutas de privacidad, todo es del dominio y de la propiedad de Facebook. Fui haciendo amigos, y más red, y más red y, al final era un buen tocho de reclamos de F. para que viera esto, y eso, y aquello. Y, claro está, con acceso directo desde el móvil. Y los ojos se iban resintiendo porque esa pantalla es reducida, por muy chulo que sea el móvil.
Google y sus extensiones: Google+, Blogger, Youtube, Fotos, Mapas…
Abres una cuenta en Gmail y ya puedes tener todo esto. Haces una foto y, además de estar en tu Galería está en Fotos Google, en privado, sí, como todo, eso dicen. Y puedes hacer películas, montajes fáciles, sí, sí. Pero todo queda en…en casa de Google.
Salvo que lo borres todo. O casi.


Y es lo que he hecho. Nueva vida, os lo aseguro. Y qué difícil es borrarse de estos sitios y desactivar o eliminar tus cuentas. Hace falta un cursillo especial.
Borré mi cuenta de Youtube, con los vídeos del Madrid Medieval y otros. Los originales, en mi casa, claro. Era curioso: tal vídeo tiene música protegida, tal otro está prohibido en no sé qué países. Yo alucinaba, pues llevaba mucho tiempo sin entrar en esa cuenta.
Borré todas mis Fotos de Google fotos. Ahora están solo en mi ordenador, y las mejores, en un álbum, impresas en papel.
Desactivé Maps, me gusta más el libro de carreteras, actualizado, eso sí.
Eliminé mis cuentas de Facebook y de Twitter, que me costó mi tiempo.
Y así sucesivamente.
Solo conservo una cuenta de Gmail.
¿Sabéis para qué? Para seguir con mi blog Robles Amarillos.
Seguiré con el blog mientras no me obliguen a que tenga publicidad o mientras no me cobren. En el diario El País tuve un blog cinco años. Cuando eran decenas de miles los blogs en ese periódico, decidieron eliminarlos en un plazo breve. Yo me lo olí, otros también (se rumoreaba ya)  y me vine a Blogger, de Google, donde aún estamos.


Mi móvil
Es un bq que tiene acceso a internet (es parte de un paquete de Movistar) y yo lo tengo preparado para lo siguiente:
Llamar por teléfono o recibir llamadas.
Mandar o recibir SMS.
Hacer fotos y verlas.
Calculadora.
Todo lo demás, desactivado o inhabilitado. Si quiero acceder a internet, habilito Chrome, si es imprescindible. Y luego, fuera.
Leo el periódico en el papel, oigo la radio, veo la tele, leo libros, paseo sin móvil. Veo a la gente en el metro y me siento un bicho raro mirando a los demás o leyendo un libro o revista: todos con su móvil.
 Hasta mi perro, Pipo, “me agradece que sea uno de los pocos dueños que pasea con su perro sin el móvil enchufado”.
Llevo el móvil, claro está, en el bolsillo, pero lo uso mucho menos. Y eso que, como os dije antes, por motivos familiares, tengo aún wassap.
Y el ordenador lo uso menos que antes, y esa ansiedad que nos crean con las redes sociales se ha evaporado.
Como os decía es una opción personal.
Otros dejan de fumar. Y algunos hasta intentan llevar una vida sana de verdad, sin que ello signifique comer lechuga todo el día.
Quizá penséis que hay que estar en las redes, que el mundo es así. Bueno, bueno. Creo conocer internet medianamente y hay mucho por ver, consultar y conocer. Desde el ordenador. Y por decisión propia, no inducida. Y las redes, para los peces, pienso yo. Opinión personal.
Ahora sí. Ahora me quedo más en paz conmigo mismo. Merecíais una explicación.
Y os invito a entrar en mi blog, en el último artículo o en algunos de los 350 restantes escritos a lo largo de los años. Seguiré escribiendo en el blog. Pero archivo lo que pongo, por si acaso.
Y os invito a poner comentarios o fotos, a establecer diálogos entre vosotros. Eso, sí, no salen inmediatamente, yo los tengo que autorizar. Tened en cuenta que el blog es abierto, y que, sumados los tres blogs, lo han visitado más de 65000 personas. De España la mayoría pero también de EEUU, de Rusia, Francia, Argentina, Méjico, Portugal…

Un abrazo a todos (Adelaida, Ana Belén, Benjamín, Carmen, Chus, Eusebio, Juan Pablo, Lola, Mari Jose, Mary Luz, María Hernández, María Fernández, Marisa, Marisol, Mercedes, Paco, Pablo y Silvia.)  





Todas las fotos de esta entrada tienen como motivo el Museo del Prado. Paseando a su vera, iba perfilando el contenido de esta carta. En el Museo aún se exponían los cuadros de El Bosco

sábado, 10 de septiembre de 2016

Antonio Buero Vallejo: cien años de su nacimiento



Se celebra en este año el centenario del nacimiento de Antonio Buero Vallejo. Como pequeño homenaje, traigo aquí el vídeo que hice hace 32 años en el Colegio Público “Antonio Machado”, de Madrid.
En 1984 llegaron al Colegio los primeros magnetoscopios y una cámara de vídeo. En seguida nos pusimos manos a la obra e hicimos pequeños guiones de contenido didáctico que muy pronto convertimos en vídeos.

Pasado algún tiempo decidí preparar un vídeo sobre el libro de teatro que leíamos todos los años: Historia de una Escalera. Tenía las fotos del estreno de la obra, que tuvo lugar en 1949 en el teatro Español de Madrid. Rebusqué en la Hemeroteca Nacional y con todos los materiales seleccionados preparé el guion.

Presenté mi proyecto al autor, Antonio Buero Vallejo, quien me contestó amablemente y me sugirió algunas precisiones que matizaban el guión del vídeo.

Me gustó buscar la música y acertar con ella: algunos pasajes de la película Novecento y un par de canciones de la época en la que se estrenó la obra de Buero, La bien pagá y Luna de miel.

Editado el vídeo, lo presentamos en el concurso de Medios Audiovisuales Didácticos del Ministerio de Educación. Y en el invierno de 1989 nos comunicaron que habíamos ganado un accésit del tercer premio. Y nuestra alegría fue dulce y compartida.

En 2010 hicimos una copia en DVD de aquella cinta de vídeo VHS. De allí la pasamos al ordenador, y de este a Youtube. Pasados los años, y después de tanto copiar de un medio a otro, la calidad técnica ya no es buena: quizá algún especialista en la materia sabría confeccionar una  versión con los medios de los que hoy se dispone. A la espera quedo…












jueves, 8 de septiembre de 2016

Septiembre sin septiembre, por Antonio Muñoz Molina




Traído del blog de Antonio Muñoz Molina

Un vídeo sobre septiembre



Un artículo de AMM

"Septiembre sin septiembre"

El taxista aguanta con paciencia la lentitud del tráfico en la mañana de septiembre. Ha cerrado la ventanilla y ha puesto el aire acondicionado. Aunque es pronto el calor agobia como si estuviéramos a principios de julio, la misma mezcla de tráfico insufrible y altísima temperatura. En septiembre uno añora septiembre. El taxista comparte conmigo la afición a quedarse en Madrid en agosto. Dice que va caminando a todas partes, que va al cine, que pasea de noche con su mujer y siempre hay sitio en una buena terraza. Madrid en agosto es una ciudad secreta. El taxista me dice que se irá ahora de vacaciones, cuando todo el mundo ha vuelto, y aunque todavía no le pregunto a dónde se apresura a decírmelo: “Nos vamos mi mujer y yo a Osaka. A Japón”. Entonces la conversación cambia de tono y el taxista resulta ser una persona mucho más afable, con capacidad de entusiasmo. “En Osaka vive la hija mayor y nos vamos a verla. Trabaja de secretaria del director de Canon. Habla japonés, y chino, y cinco idiomas más. Siempre tuvo facilidad, y nosotros la animábamos a que estudiara. Con todos sus méritos trabajaba en Madrid de telefonista de una multinacional, por menos del salario mínimo. Llamó un día un cliente al que le notó el acento japonés y ella le contestó en su idioma. Y ahora mire qué puestazo tiene. La que va tras ella es bióloga marina. Trabaja en San Francisco. Tenía un expediente buenísimo, pero aquí estaba de vendedora suplente en el Corte Inglés. A mí no me parece mal que estén lejos. Las echamos de menos, claro que sí, y ellas a nosotros, pero ver tanto mundo les abre los ojos. Las gemelas sí que nos gustaría que no se fueran. Están haciendo Veterinaria las dos, y mi mujer y yo les vamos a buscar un local para que instalen una clínica cuando terminen. Han salido más rebeldes que las dos mayores, pero son estupendas, muy estudiosas también. Su madre y yo quisimos que estudiaran todo lo que pudieran, porque en nuestros tiempos no había esas oportunidades. Yo estaba en un taller con catorce años. Me pasé más de veinte años conduciendo camiones por toda Europa. Salía de mi casa y a lo mejor tardaba tres semanas en volver. A mis hijas mayores las vi muy poco cuando eran chicas. Luego compré la licencia del taxi, porque ya me cansaba estar siempre tan lejos. Echo doce o catorce horas todos los días. Hasta que las gemelas no tengan la clínica no podré bajar el ritmo. Pero a mi mujer y a mí nos gusta nuestra vida. Ya ve, a Osaka que nos vamos…”

!

lunes, 5 de septiembre de 2016

También mis padres fueron jóvenes



Ahora que mi padre,  con 92 años,  anda un poco pachucho,  quiero traer aquí la energía de cuando él y mi madre -que nos falta desde hace 45 años- eran jóvenes,  aún no estábamos nosotros y tenían toda la vida por delante.




Mis padres también fueron jóvenes

Cuando mi madre cumplió catorce años, abuela María la llevó a Plasencia para que estudiara corte y confección, pues parecía ser ése un oficio que la atraía. Se alojó en casa de  tía Isabel, una prima segunda de abuela con la que ésta mantenía una estrecha amistad. Tía Isabel era una señora muy singular, con una voz especial y distinguida, una voz que mostraba dulcemente las yes del habla extremeña y las leves caídas de la entonación al final de las frases. Se quedó viuda siendo bastante joven, así que tuvo que admitir huéspedes para completar la menguada pensión que le había quedado.
En casa de tía Isabel se comía a plato y el último en servirse era siempre Alejandro, su hijo menor. Unas veces era poco lo que quedaba en la fuente y otras bastante, pero Alejandro habitualmente apuraba hasta lo último. Tal fama de tragón se ganó, que aún hoy se hacen bromas en la familia a propósito de aquellos platos a rebosar que se metía entre pecho y espalda en un santiamén, o de aquéllos otros menguados, con apenas un cucharón de lentejas, que descomponían su cara y le hacían maquinar cómo completar su exigua ración.
Al llegar a aquella casa, lo primero que hizo  mi madre fue aprenderse de memoria el nombre de la calle y el número: Rúa Zapatería, 10, cerca de la Plaza Mayor, al lado de la catedral. Al principio echaba de menos, en aquel cuarto estrecho que compartía con su prima Chon, las confidencias que le hacía su madre cuando iban a fregar los cacharros a la regadera del Regajillo, o lo bien que le daba al palique cuando cosían a la sombra, en las largas tardes de verano.
Muy pronto se dio cuenta, con la vivacidad de sus ojos verdes, de que aquélla era la ciudad de su vida, su destino privilegiado. Midiendo telas y dibujando patrones, mi madre soñaba con un futuro próspero en un taller de costura propio, con una clientela fija que le permitiera quedarse para siempre en Plasencia, disfrutando de un trabajo bien hecho y sin las penurias de la vida del campo.  
Pero aquello no duró más que dos años, y no se sabe  a ciencia cierta si fue por la escasez de comida –eran los duros años de la posguerra-  o por la falta de espacio en la casa. Aunque, pensándolo mejor, tal vez la causa residiera en que mis abuelos se cansaron del precio que tenían que pagar por la estancia de mi madre en Plasencia, ya que todos los veranos, en cuanto acababa el curso, tía Isabel llevaba a sus tres hijos a Aravalle  y los dejaba en casa de mis abuelos hasta mediados de septiembre. Allí disfrutaban de lo lindo, sobre todo Alejandro, que con su estómago insaciable nunca se cansaba de comer y engordaba lo suyo, ya que en casa de mi abuela todos comían de la misma fuente y ésa era una costumbre que a aquel tragón le parecía extraordinaria.
También mi abuelo debía apreciar mucho tal costumbre así que, para preservarla debidamente,  convencería a mi abuela de la necesidad de que aquel intercambio terminase. Fuera por una u otra causa, mi madre ya no volvió más a sus clases de corte y confección en el colegio de las Josefinas.
Aquellos dos años dejaron una profunda huella en su forma de encarar la vida. Su predilección por Plasencia siempre le hizo añorar la ocasión perdida, y cada vez que volvía a su ciudad, paseaba con nostalgia por plazas y calles, visitaba palacios e iglesias, recorría la catedral y el mercado, entraba en tiendas de ropa y se quedaba deslumbrada al ver los puestos de frutas y verduras de la Plaza Mayor. Aunque, para su desgracia, las más de las veces deambularía por aquellas calles buscando farmacias de guardia o caminando hacia la consulta de don Pedro, el médico de la tuberculosis.





Cuando volvió a Aravalle, mi madre ayudaba en las tareas de la casa y se esforzaba atendiendo a sus primeros sobrinos, la numerosa prole de su hermana Filomena, que allí se criaba al abrigo de la bondad de mi abuela María. También se empleaba a fondo en algunas tareas del campo, las reservadas a las mujeres: sembrar, coger fruta, ayudar en la recolección de las patatas, traer leña, llevar la comida a los hombres allí donde estuvieran trabajando... En sus ratos libres seguía con su afición a los patrones y las telas, hasta que vio que era vano empecinarse en ir contracorriente  y decidió guardar en el baúl sus útiles de pantalonera en ciernes. Las reglas, los cartabones, las tizas, el metro de madera, los libros y cuadernos de labores, los dibujos de prendas  y los recortes de revistas se quedaron para siempre en el tiempo de lo que no pudo ser.



Fue ganando fama de buena persona, como su madre, y de ferviente católica, como su padre. En aquellos años de devoción mariana obligatoria, perteneció a la asociación religiosa “Hijas de María”, entre cuyas tareas estaban las de cuidar el altar de la Virgen, visitar a los enfermos y dar catequesis los domingos. Tenía gran amistad con Juana y con Tomasa pero su amiga preferida era Sabina, su prima, a quien le contaba todo tipo de confidencias. Los domingos por la tarde solían ir al salón de baile, primero al de abuelo Jesús y luego al de tío Román. Allí podían mirar sin  reserva a los mozos del pueblo y bailar con ellos si las sacaban.





Pronto empezó a fijarse en Enrique, un mozo simpático y guapetón, a quien miraba embelesada mientras hablaba con sus amigos. Él también se fijó en sus ojos verdes y en su figura, así que un día la invitó a bailar. Ella hizo un mohín pero aceptó, y con la mano izquierda le abrazó suavemente el hombro mientras le ofrecía la derecha para que se la cogiera. Él le ciñó la cintura con decisión y empezaron a bailar el bolero que salía del manubrio, primero con extrañeza y después con soltura. Enrique la llevaba muy bien, era muy bailarín.


En la conjunción de  dos lugares contradictorios- el salón de baile y la iglesia- mi madre encontró la seducción de la vida pero también la agonía del remordimiento y el pecado, pues entonces casi todo era pecado. Después de titubeos y exploraciones, de avances y confusiones, decidieron confirmar su noviazgo y andar el camino que les llevaría a casarse unos años más tarde.





Cuando mi padre cumplió dieciséis años, abuelo Jesús lo llevó a Avila para que estudiase ebanistería en la Escuela de Artes y Oficios. Se hospedó en casa de su tía Primitiva, que vivía en la calle Tras de Gracia. Allí dormía y comía pero su vida transcurría en la Escuela, donde iba aprendiendo a manejar cepillos, escoplos, escorfinas, garlopas y sierras. Todos los días, al subir aquellas cuestas camino de las clases, iba pensando en su futuro y se entusiasmaba con la idea de tener un taller  cuando fuese mayor. Le encantaba aquel oficio y estaba dispuesto a hacer lo que fuera por llegar a ser un buen ebanista.
Viviendo con su tía, mi padre conoció de cerca la triste historia de aquella familia, que para él había sido un enigma hasta entonces. Tía Primi, aún con lágrimas en los ojos, le contaba a mi padre que su marido la había abandonado a los nueve años de casarse, que se había llevado al único hijo varón y que las había dejado en la miseria a ella y a su hija Lumi. Tía Primi le decía que sacó fuerzas de flaqueza, después de mucho llorar, y no paró hasta lograr un trabajo fijo, una portería que le permitiera salir adelante. Tuvo que aprender, con tristeza y dolor, a vivir sin su hijo, a renunciar a él, a conformarse con su secuestro.
Aquellos estudios de mi padre fueron interrumpidos bruscamente a los dos años de su comienzo, cuando abuelo Jesús se murió. Mi padre tuvo que regresar a Aravalle y encargarse de la hacienda de su madre. “Tienes que dejar los estudios y venirte al pueblo para encargarte de todo, Enrique, tú eres el único hombre de la familia”. 

































Siendo ya mozo, mi padre apenas hablaba de su estancia en Ávila y cuando lo hacía, se protegía y evitaba hablar de su frustrada vocación de ebanista. Pero en la soledad del desván guardaba con primor, envueltas en un trapo, sus herramientas preferidas: el formón, el escoplo y la escorfina. Sin embargo las que de verdad usaba eran la azada, el calabozo, la segureja, el hacha, la horca, el rastrillo, la guadaña, la hoz y la pala. Con ellas trabajaba duramente, sacando adelante la casa de su madre y la de tío Benjamín.

En los días de descanso y en la función del pueblo solía divertirse con sus amigos, sobre todo con Gabriel y Braulio, a quienes quería como a hermanos. Fueron sonados los festejos que prepararon cuando llegaron a quintos, con el carnero encintado como mascota, el gorro que no se quitaron en los tres días, las corridas de gallos y el excitante espectáculo del miércoles de ceniza, pintando a las mozas en la cara.
Algunos meses después de las fiestas de quintos, los amigos de mi padre se marcharon a la mili, pero él no tuvo que ir pues se libró por ser hijo de viuda. Al venir de permiso Gabriel y Braulio, mi padre les dijo que estaba saliendo con mi madre. Unos meses después ya eran novios formales.




Pasados algunos años, decidieron casarse y celebrar la boda en el salón de abuela Isabel, que ya no era salón de baile sino archivo silencioso de  recuerdos y alicaída estancia de melancolía. Ellos lo alegraron con su boda. Y mi madre decidió que rompería con la tradición: nada de flores secas, como hacían todas las novias; ese día iba a llevar un buen ramo de flores frescas. Como todos los recién casados, fueron al fotógrafo de El Barco para hacerse el retrato tradicional, que los muestra demasiado irreales, tan lejanos e imposibles como los novios de todas las fotos. Pero hubo entre los invitados un aprendiz de retratista que hizo una fotografía deliciosa, en la que se muestra con acierto cómo pudo ser aquella boda. En el centro de la imagen destaca abuelo Manolo, con su eterno sombrero, y a su lado, sentado también, tío Antonio. Por delante, algunas de mis primas hacen una pausa en sus juegos para salir también en el retrato. Detrás de abuelo, sonriente y feliz, está mi padre y junto a él, alegre y con la gorra ladeada, bromea tío Paco. Subida en el poyo de piedra, y posando con gracia aérea por encima del grupo, mi madre esboza una sonrisa mientras sus ojos miran al objetivo de la cámara.


Capítulo seis de mi novela Robles Amarillos.
Fotos del álbum familiar.