martes, 26 de abril de 2016

Duelos y quebrantos



Ya hace muchos años me llamó la atención la expresión "duelos y quebrantos", que aparece en el comienzo de El Quijote. Y fue en 2005 cuando, a propósito del IV centenario, deduje las razones de la inclusión de esta expresión en la novela famosa. Duelos y quebrantos, esto es: huevos con tocino.

Dice Francisco Rico, en nota a la edición  del Instituto Cervantes, que esta comida no rompía el ayuno de carnes selectas que se seguía en Castilla todos los sábados. Por su parte, Juan Goytisolo averigua dónde aparece previamente esta expresión y el porqué de su nombre: cómo un judío del siglo XV quebrantaba sus obligaciones al comprar tocino, que era lo único que había en la carnicería a la que acude.

Lo que a mí me llama la atención es que tal comida sea la de don Quijote en sábado. ¿Por qué? Don Quijote era hidalgo, él no tenía que demostrar que era cristiano, lo era y viejo. Pero Cervantes, en mi opinión, hace que su comida sea esa precisamente en sábado, el día semanal sagrado de los judíos. En sábado, huevos con tocino, que nadie tenga dudas al respecto: ni sobre Don Quijote, que era hidalgo y cristiano viejo, ni sobre su creador, don Miguel de Cervantes, sobre el que sí había dudas acerca del posible origen judío de su familia. Qué inteligencia la de Cervantes, hacer comer a su protagonista huevos y torreznos en sábado llamando al plato como en su día lo denominaron los judeoconversos. Esa es a mi parecer la razón de que tal comida sea la del sábado y no la de cualquier otro día de la semana. 

También quiero resaltar aquí el homenaje que, en mi opinión, hace Cervantes a las tres culturas hispánicas en aquel tiempo en el que el poder hacía todo lo posible por echar tierra sobre las culturas árabe y judía. Desde el comienzo mismo de El Quijote se rinde homenaje a la cultura cristiana, representada por el eslabón más bajo de la nobleza y, en capítulos posteriores, por el pueblo llano. También se homenajea a la cultura judía, como hemos visto con lo de duelos y quebrantos. Por lo que se refiere a la cultura árabe, en mi opinión se la destaca desde el mismo comienzo de la novela: "En un lugar de la Mancha". Yo creo que Cervantes  "no se quiere acordar" del nombre del pueblo de Don Quijote porque si dice el nombre del lugar- Argamasilla, Esquivias...- no cabría resaltar ya desde el principio el nombre de toda la comarca, la Mancha. Y eso es lo que quiere, es un nombre que le gusta. Aunque al respecto hay investigaciones muy diversas- incluso el sintagma "en un lugar de la Mancha" aparece en un romance- creo que lo que Cervantes quería era destacar el poderío de ese nombre propio: la Mancha, la comarca de su héroe, el territorio por el que más iba a cabalgar. Como es sabido la Mancha es un nombre de origen árabe, y significa "altiplanicie, llanura alta, meseta".


Miguel Asín Palacios

Contribución a la toponimia árabe de España
Madrid, 1940










Juan Goytisolo
Sobre duelos y quebrantos
El País, 14 de agosto de 1998




lunes, 18 de abril de 2016

Mis padres también fueron jóvenes



Cuando mi madre cumplió catorce años, abuela María la llevó a Plasencia para que estudiara corte y confección, pues parecía ser ése un oficio que la atraía. Se alojó en casa de  tía Isabel, una prima segunda de abuela con la que ésta mantenía una estrecha amistad. Tía Isabel era una señora muy singular, con una voz especial y distinguida, una voz que mostraba dulcemente las yes del habla extremeña y las leves caídas de la entonación al final de las frases. Se quedó viuda siendo bastante joven, así que tuvo que admitir huéspedes para completar la menguada pensión que le había quedado.
En casa de tía Isabel se comía a plato y el último en servirse era siempre Alejandro, su hijo menor. Unas veces era poco lo que quedaba en la fuente y otras bastante, pero Alejandro habitualmente apuraba hasta lo último. Tal fama de tragón se ganó, que aún hoy se hacen bromas en la familia a propósito de aquellos platos a rebosar que se metía entre pecho y espalda en un santiamén, o de aquéllos otros menguados, con apenas un cucharón de lentejas, que descomponían su cara y le hacían maquinar cómo completar su exigua ración.
Al llegar a aquella casa, lo primero que hizo  mi madre fue aprenderse de memoria el nombre de la calle y el número: Rúa Zapatería, 10, cerca de la Plaza Mayor, al lado de la catedral. Al principio echaba de menos, en aquel cuarto estrecho que compartía con su prima Chon, las confidencias que le hacía su madre cuando iban a fregar los cacharros a la regadera del Regajillo, o lo bien que le daba al palique cuando cosían a la sombra, en las largas tardes de verano.
Muy pronto se dio cuenta, con la vivacidad de sus ojos verdes, de que aquélla era la ciudad de su vida, su destino privilegiado. Midiendo telas y dibujando patrones, mi madre soñaba con un futuro próspero en un taller de costura propio, con una clientela fija que le permitiera quedarse para siempre en Plasencia, disfrutando de un trabajo bien hecho y sin las penurias de la vida del campo.  
Pero aquello no duró más que dos años, y no se sabe  a ciencia cierta si fue por la escasez de comida –eran los duros años de la posguerra-  o por la falta de espacio en la casa. Aunque, pensándolo mejor, tal vez la causa residiera en que mis abuelos se cansaron del precio que tenían que pagar por la estancia de mi madre en Plasencia, ya que todos los veranos, en cuanto acababa el curso, tía Isabel llevaba a sus tres hijos a Aravalle  y los dejaba en casa de mis abuelos hasta mediados de septiembre. Allí disfrutaban de lo lindo, sobre todo Alejandro, que con su estómago insaciable nunca se cansaba de comer y engordaba lo suyo, ya que en casa de mi abuela todos comían de la misma fuente y ésa era una costumbre que a aquel tragón le parecía extraordinaria.
También mi abuelo debía apreciar mucho tal costumbre así que, para preservarla debidamente,  convencería a mi abuela de la necesidad de que aquel intercambio terminase. Fuera por una u otra causa, mi madre ya no volvió más a sus clases de corte y confección en el colegio de las Josefinas.
Aquellos dos años dejaron una profunda huella en su forma de encarar la vida. Su predilección por Plasencia siempre le hizo añorar la ocasión perdida, y cada vez que volvía a su ciudad, paseaba con nostalgia por plazas y calles, visitaba palacios e iglesias, recorría la catedral y el mercado, entraba en tiendas de ropa y se quedaba deslumbrada al ver los puestos de frutas y verduras de la Plaza Mayor. Aunque, para su desgracia, las más de las veces deambularía por aquellas calles buscando farmacias de guardia o caminando hacia la consulta de don Pedro, el médico de la tuberculosis.


Cuando volvió a Aravalle, mi madre ayudaba en las tareas de la casa y se esforzaba atendiendo a sus primeros sobrinos, la numerosa prole de su hermana Filomena, que allí se criaba al abrigo de la bondad de mi abuela María. También se empleaba a fondo en algunas tareas del campo, las reservadas a las mujeres: sembrar, coger fruta, ayudar en la recolección de las patatas, traer leña, llevar la comida a los hombres allí donde estuvieran trabajando... En sus ratos libres seguía con su afición a los patrones y las telas, hasta que vio que era vano empecinarse en ir contracorriente  y decidió guardar en el baúl sus útiles de pantalonera en ciernes. Las reglas, los cartabones, las tizas, el metro de madera, los libros y cuadernos de labores, los dibujos de prendas  y los recortes de revistas se quedaron para siempre en el tiempo de lo que no pudo ser.





Fue ganando fama de buena persona, como su madre, y de ferviente católica, como su padre. En aquellos años de devoción mariana obligatoria, perteneció a la asociación religiosa “Hijas de María”, entre cuyas tareas estaban las de cuidar el altar de la Virgen, visitar a los enfermos y dar catequesis los domingos. Tenía gran amistad con Juana y con Tomasa pero su amiga preferida era Sabina, su prima, a quien le contaba todo tipo de confidencias. Los domingos por la tarde solían ir al salón de baile, primero al de abuelo Jesús y luego al de tío Román. Allí podían mirar sin  reserva a los mozos del pueblo y bailar con ellos si las sacaban.
Pronto empezó a fijarse en Enrique, un mozo simpático y guapetón, a quien miraba embelesada mientras hablaba con sus amigos. Él también se fijó en sus ojos verdes y en su figura, así que un día la invitó a bailar. Ella hizo un mohín pero aceptó, y con la mano izquierda le abrazó suavemente el hombro mientras le ofrecía la derecha para que se la cogiera. Él le ciñó la cintura con decisión y empezaron a bailar el bolero que salía del manubrio, primero con extrañeza y después con soltura. Enrique la llevaba muy bien, era muy bailarín.
En la conjunción de  dos lugares contradictorios- el salón de baile y la iglesia- mi madre encontró la seducción de la vida pero también la agonía del remordimiento y el pecado, pues entonces casi todo era pecado. Después de titubeos y exploraciones, de avances y confusiones, decidieron confirmar su noviazgo y andar el camino que les llevaría a casarse unos años más tarde.



Cuando mi padre cumplió dieciséis años, abuelo Jesús lo llevó a Avila para que estudiase ebanistería en la Escuela de Artes y Oficios. Se hospedó en casa de su tía Primitiva, que vivía en la calle Tras de Gracia. Allí dormía y comía pero su vida transcurría en la Escuela, donde iba aprendiendo a manejar cepillos, escoplos, escorfinas, garlopas y sierras. Todos los días, al subir aquellas cuestas camino de las clases, iba pensando en su futuro y se entusiasmaba con la idea de tener un taller  cuando fuese mayor. Le encantaba aquel oficio y estaba dispuesto a hacer lo que fuera por llegar a ser un buen ebanista.
Viviendo con su tía, mi padre conoció de cerca la triste historia de aquella familia, que para él había sido un enigma hasta entonces. Tía Primi, aún con lágrimas en los ojos, le contaba a mi padre que su marido la había abandonado a los nueve años de casarse, que se había llevado al único hijo varón y que las había dejado en la miseria a ella y a su hija Lumi. Tía Primi le decía que sacó fuerzas de flaqueza, después de mucho llorar, y no paró hasta lograr un trabajo fijo, una portería que le permitiera salir adelante. Tuvo que aprender, con tristeza y dolor, a vivir sin su hijo, a renunciar a él, a conformarse con su secuestro.
Aquellos estudios de mi padre fueron interrumpidos bruscamente a los dos años de su comienzo, cuando abuelo Jesús se murió. Mi padre tuvo que regresar a Aravalle y encargarse de la hacienda de su madre. “Tienes que dejar los estudios y venirte al pueblo para encargarte de todo, Enrique, tú eres el único hombre de la familia”. 



Siendo ya mozo, mi padre apenas hablaba de su estancia en Ávila y cuando lo hacía, se protegía y evitaba hablar de su frustrada vocación de ebanista. Pero en la soledad del desván guardaba con primor, envueltas en un trapo, sus herramientas preferidas: el formón, el escoplo y la escorfina. Sin embargo las que de verdad usaba eran la azada, el calabozo, la segureja, el hacha, la horca, el rastrillo, la guadaña, la hoz y la pala. Con ellas trabajaba duramente, sacando adelante la casa de su madre y la de tío Benjamín.



En los días de descanso y en la función del pueblo solía divertirse con sus amigos, sobre todo con Gabriel y Braulio, a quienes quería como a hermanos. Fueron sonados los festejos que prepararon cuando llegaron a quintos, con el carnero encintado como mascota, el gorro que no se quitaron en los tres días, las corridas de gallos y el excitante espectáculo del miércoles de ceniza, pintando a las mozas en la cara.
Algunos meses después de las fiestas de quintos, los amigos de mi padre se marcharon a la mili, pero él no tuvo que ir pues se libró por ser hijo de viuda. Al venir de permiso Gabriel y Braulio, mi padre les dijo que estaba saliendo con mi madre. Unos meses después ya eran novios formales.
Pasados algunos años, decidieron casarse y celebrar la boda en el salón de abuela Isabel, que ya no era salón de baile sino archivo silencioso de  recuerdos y alicaída estancia de melancolía. Ellos lo alegraron con su boda. Y mi madre decidió que rompería con la tradición: nada de flores secas, como hacían todas las novias; ese día iba a llevar un buen ramo de flores frescas. Como todos los recién casados, fueron al fotógrafo de El Barco para hacerse el retrato tradicional, que los muestra demasiado irreales, tan lejanos e imposibles como los novios de todas las fotos. Pero hubo entre los invitados un aprendiz de retratista que hizo una fotografía deliciosa, en la que se muestra con acierto cómo pudo ser aquella boda. En el centro de la imagen destaca abuelo Manolo, con su eterno sombrero, y a su lado, sentado también, tío Antonio. Por delante, algunas de mis primas hacen una pausa en sus juegos para salir también en el retrato. Detrás de abuelo, sonriente y feliz, está mi padre y junto a él, alegre y con la gorra ladeada, bromea tío Paco. Subida en el poyo de piedra, y posando con gracia aérea por encima del grupo, mi madre esboza una sonrisa mientras sus ojos miran al objetivo de la cámara.

Capítulo seis de mi novela Robles Amarillos.
Fotos del álbum familiar.
Junio de 2015




Si quieres ver un vídeo complementario, pincha en uno de estos dos enlaces:























martes, 12 de abril de 2016

El Madrid de Cervantes

Jesús Bermejo Bermejo

Madrid, 22 de abril de 2016


Unir el nombre de Cervantes con el de la comarca de La Mancha es casi un lugar  común pero ya no lo es tanto relacionar el nombre del autor del Quijote con Madrid. Y, sin embargo, Cervantes vivió en Madrid bastantes años y en Madrid murió y está enterrado. Mientras que los pueblos y ciudades de La Mancha saben aprovechar la importancia de aparecer en el libro más famoso de la literatura, cosa que también hacen en su lugar de nacimiento, Alcalá de Henares, la ciudad de Madrid apenas se esfuerza en destacar su relación con Miguel de Cervantes y, cuando lo hace es obligada por la celebración de algún centenario o dentro de un conjunto de actuaciones referidas a varios autores del Siglo de Oro en el famoso Barrio de la Letras. Por no hablar de los afanes de la exalcaldesa Ana Botella, pugnando por sacar de su tumba los restos del famoso escritor. No, no es así, a mi parecer, como se honra la memoria de un escritor de la talla de Cervantes. Sí podría el Ayuntamiento de Madrid hacer muchas cosas que, en el devenir diario de la ciudad, recordaran que en ella vivió nuestro escritor. Una de ellas podría ser la preparación de una ruta para los visitantes y vecinos que quieran conocer la relación del escritor con la ciudad.

Cuando en 2005 se celebró el cuarto centenario de la publicación de la primera parte del Quijote, quizá debido a esa carencia de la que arriba hablaba, preparé para mis alumnos de primero de ESO una visita recorriendo el Madrid de Cervantes. Desde entonces se han hecho algunas cosas para promocionar la ciudad de Madrid ligándola a la figura de Cervantes, pero en mi opinión falta mucho por hacer. Desafortunadamente los gobiernos, de la Ciudad, de la Comunidad, de España, no explotan el vigor de Madrid como ciudad literaria e histórica. Yo, por mi parte, quiero poner en limpio aquellos apuntes, ampliarlos y traerlos a este blog, convirtiendo esta tarea en un pequeño homenaje a Miguel de Cervantes, con motivo del cuarto centenario de su muerte, un escritor que, con su dilatada presencia en nuestra ciudad, contribuyó a dignificarla.

Nuestro trabajo consta de tres partes:
  • Madrid capital de España
  • Biografía de Miguel de Cervantes
  • Paseo por el Madrid de Cervantes
Proponemos a los interesados en este trabajo la lectura tranquila de las dos primeras partes en su casa, dejando la tercera parte para leerla durante el paseo, en el que iremos recorriendo los diversos lugares del Barrio de la Letras de Madrid que guardan alguna relación con Miguel de Cervantes. Y, al final, haremos un listado de otros lugares de la ciudad que también hacen referencia a nuestro autor, y que por su lejanía del barrio visitado hace aconsejable verlos en otro paseo. 


Madrid capital de España

 
En 1566 la familia de Cervantes llega a Madrid procedente de Córdoba. Miguel, que tiene por entonces veinte años, ingresa en el Estudio Público de Humanidades, regentado por don Juan López de Hoyos, que tenía su sede en la calle de la Villa. En él se hacían los cursos preparatorios para acceder después a los estudios universitarios en Alcalá o en Salamanca. Hacía solo seis años que el rey Felipe II había decidido que Madrid fuera la capital del Reino de España.

Por entonces, la ciudad era un lugar con cierta tradición pero sin pretensiones nobiliarias. De origen musulmán, Madrid fue conquistada por el rey cristiano Alfonso VI en 1083, aunque durante años fue lo que podríamos denominar una ciudad fronteriza. Años después, los reyes de la casa de Trastamara vivieron largos periodos de tiempo en la villa, y Enrique IV le dio carácter de corte de Castilla. También los Reyes Católicos y Carlos V tuvieron corte en Madrid, aunque no fija, y el mismo Felipe II juró como heredero del trono en la iglesia de los Jerónimos.

Antes de ser capital del Reino, Madrid tendría unos 30.000 habitantes. Había mercado los miércoles y a él acudían desde cinco leguas a la redonda. Era ya una población importante pero no podía compararse con algunas ciudades  como Sevilla, Barcelona, Valencia, Granada o Zaragoza, ni en su urbanismo, ni en sus edificios, ni en su historia. ¿Por qué, entonces, decide el rey Felipe II establecer su corte en Madrid y nombrarla capital del Reino de las Españas? Las guerras de Comunidades aconsejan que la ciudad elegida no sea Valladolid, y otras ciudades, como Sevilla o Toledo, que tienen  historia y tradición cortesana, optan por la capitalidad pero exigen privilegios. Madrid no exige. Y, además, ofrece su emplazamiento geográfico, justo en el centro de la Península, el punto de confluencia entre Europa, África y América. Para Felipe II, Madrid representa la quintaesencia de todo el país,  un lugar de clima sano y con lugares tradicionales de caza como El Pardo y Aranjuez.

Decidida la capitalidad en 1561, hay que transformar Madrid para adecuarla a los nuevos tiempos. La ciudad estaba cercada por una muralla defensiva que había perdido su razón de ser, salvo la de control de entrada de bienes y personas. Sus vecinos habitaban en viviendas amontonadas, con pocos huecos en el exterior, las calles eran estrechas y sombrías, y casi carecía de espacios abiertos y plazas, razón por la que los mercados se celebraban cerca de alguna de las puertas de la villa.

Así pues, se derribó parte de las murallas y se crearon plazas allí donde antes hubo   puertas. Se abrió un amplio espacio junto al Alcázar Real, se amplió la plaza de la Villa y la plazuela del Arrabal se convirtió en la Plaza Mayor, una plaza porticada de nueva traza que iba a representar la esencia del Madrid de los Austrias y el símbolo de su Reino.

Miguel de Cervantes, con veinte años, llega a un Madrid en plena transformación, en un cambio vertiginoso que, no obstante, duró más que su vida, pues no llegó a ver culminada la obra más importante, la Plaza Mayor. Era esta Plaza lugar de mercado y de fiestas de toros, de torneos diversos y de juegos de cañas, de cadalsos y de autos de fe. Sus soportales se edificaron para defender a los madrileños del calor y del frío, de la lluvia y del sol. Se derribaron casas, se ensancharon calles, se empedraron las más importantes para el paso de carruajes, carrozas y coches, se creó un servicio de limpieza de las mismas y se intentó, sin conseguirlo, que no circulasen por ellas los cerdos de san Antón. Así pues, Cervantes vivirá este frenesí urbanístico y social de los veinte a los veintidós años, un frenesí que continuaría en los últimos diez años de su vida, que pasará íntegros en Madrid.

En la villa vivían, antes de ser declarada capital, nobles del rango inferior, es decir, hidalgos como los Vargas o los Lujanes y, más que en palacios, habitaban en casonas sin pretensiones de lujo. La población trabajaba en el campo o en labores artesanales. Era un Madrid rural, una villa que en 1561 debe sufrir una rápida transformación para dar cabida a los Reyes, a su corte de nobles y a los funcionarios. Ello exige la construcción de casas nuevas, la mejora de las existentes y la creación de muchos más espacios libres. De ser una ciudad que se autoabastecía, precisa ahora de suministros que deben venir de zonas alejadas.

Los límites de aquel Madrid cercado eran los siguientes: al oeste, el Real Alcázar; al sur, la puerta de Toledo; hacia el sureste, la de Atocha; al este, la puerta del Sol y al norte, la de santo Domingo. En el perímetro oriental de la ciudad había prados y abundantes riachuelos y fuentes: eran los prados de san Jerónimo y de Atocha. Al oeste estaba la Casa de Campo y en el noroeste, el monte de El Pardo. Madrid estaba situado en una colina entre el Prado y el río Manzanares, rodeado de montes y con abundantes vías o caminos de agua desde la época de los musulmanes, vías que permitían el abastecimiento de agua potable, razón por la que la ciudad vivía de espaldas al río, quedando este solo como lugar de recreo.

No era Madrid una gran ciudad de bellos monumentos y calles espaciosas, y su crecimiento fue desordenado y planificado con precipitación debido a las necesidades perentorias derivadas de haber sido nombrada capital del reino. En muy poco tiempo, el que abarca los reinados de Felipe II y Felipe III, abandonó sus hábitos rurales y se hizo más cortesana pero siguió sin alcanzar la importancia monumental de otras capitales europeas y de muchas ciudades españolas. No obstante, Madrid se hizo famosa pues era la sede del Reino más poderoso de la tierra. A su ennoblecimiento como capital contribuyeron los escritores del Siglo de Oro: ellos fueron sus apologistas y crearon el mito de la ciudad, ponderaron sus aires, sus costumbres y sus lugares, y elogiaron el presente de la villa, es decir, de la capital. Es así como Madrid empieza a ser conocida como rectora de los destinos del orbe, asiento de los monarcas más poderosos de la tierra, pilar del catolicismo y ciudad alegre y llena de movimiento a la que acuden gentes de todas partes. Se alaban sus tiendas, en las que se encuentra de todo; se ponderan el Alcázar, los palacios, las iglesias y los jardines; se destaca el ingenio de sus naturales y se la considera madre de predicadores, catedráticos y hombres discretos. Madrid viene a ser la patria de todos.

Se creó el Colegio Imperial, fundado por la Compañía de Jesús, que relegó el Estudio de la Villa, y aparecieron varias imprentas; la primera se abrió en 1566, estaba ubicada a espaldas del convento de la Victoria e imprimía para el Rey. Otras imprentas se crearon en poco tiempo, así las dos de Juan de la Cuesta, donde se imprimieron las dos partes del Quijote. Se crearon Academias literarias, apadrinadas por nobles adinerados, donde los escritores procuraban lograr puestos de secretarios, de acompañantes de nobles o merecedores de mecenazgos.

También se crearon librerías, muy importantes porque a ellas acudían los escritores a participar en las tertulias y a conocer las novedades. Contribuyeron a crear foros de opinión e intercambio de ideas entre los intelectuales, especialmente entre los poetas y dramaturgos de los siglos XVI y XVII. Todo ello fue realizado al margen del ámbito universitario y eclesiástico, dando lugar a una cultura profana y universal. Igualmente se crearon mentideros, lugares abiertos de tertulia, de crítica y de conocimiento de las novedades de libros impresos. Eran los mentideros lugares fijos de reunión en determinadas calles de la ciudad, a los que acudía un público heterogéneo, ávido de noticias y desocupado. Los había de soldados, de cómicos y de escritores, y daban a la villa un aspecto bullicioso y colorista debido a las prendas de los asiduos, que los identificaban por su profesión o por su actividad. Por su parte, los teatros fueron un vehículo cultural en esa sociedad de la época de Cervantes. Los textos dramáticos mostraban la historia pasada y presente, las victorias militares, la grandeza del imperio, los ideales de la monarquía católica y el retrato de la sociedad, en la que se veían los madrileños amablemente representados. Madrid, la capital del Reino y del Imperio, carecía de universidad pero ofreció en muy poco espacio de tiempo una vida cultural tan viva y tan activa, y tan libre de prejuicios intelectuales, que hizo posible el nacimiento de un fenómeno cultural extraordinario que hoy conocemos como Siglo de Oro.

Entre los nobles cobró importancia creciente el lujo en el vestido, los adornos, el calzado, los coches y la comida. Este lujo y esta abundancia tenían su contrapunto en la gran cantidad de pobres  que pululaban por calles y plazas, y en la picaresca que tal situación generaba. Se impuso la costumbre de la siesta en verano, el comer tarde y  el trasnochar. La noche era sobre todo para galanes y gariteros, para soldados, hampones y gentes de mal vivir, y ocasión para duelos y riñas. Se pusieron de moda los coches tirados por caballos como medio de transporte dentro de la ciudad: eran signos de riqueza y distinción, que al ser muy voluminosos provocaban frecuentes atascos, dada la estrechez de las calles y la concurrencia de peatones, animales de carga y gente a caballo.

Había en ese Madrid muchas fiestas populares: Santiago el Verde en mayo, junto al Manzanares; san Juan a la entrada del verano; la patrona de Madrid en pleno estío, con romerías al Prado y a Atocha. En esas fiestas, así como en las caseras, se impuso el baile, costumbre que también se trasladó al teatro. Bailes como la seguidilla, la zarabanda o el zambapalo. La gente se esparcía en El Prado y en la Ribera del Manzanares, y en muchas ocasiones iba al teatro. A los Corrales de Comedias acudían personas de todas clases: cortesanos, villanos, hidalgos e incluso el rey. Si en los años iniciales de la capitalidad no había compañías fijas, fueron frecuentes los espectáculos ambulantes de cómicos y titiriteros en la explanada del Alcázar. Pero pronto se crearon Corrales de Comedias, como los del Príncipe o de la Cruz, y hubo compañías estables y autores que las surtían de piezas como Lope de Vega y Cervantes. Así se convirtió el teatro en el entretenimiento favorito de los madrileños, aunque también se mantuvieron los espectáculos callejeros, las fiestas en honor  de príncipes, princesas y embajadores, y otras más humildes donde titiriteros y gitanas cantaban y bailaban los romances de los poetas pobres. En suma, Madrid fue en ese tiempo, el del famoso Siglo de Oro, una ciudad abierta, permeable a las novedades y muy inquieta en el aspecto intelectual.


Biografía de Miguel de Cervantes


 En 1547 nace Miguel de Cervantes en Alcalá de Henares, la ciudad humanista en la que tenía su sede la segunda universidad española. Era el cuarto de los siete hijos del matrimonio formado por Rodrigo de Cervantes Saavedra y Leonor de Cortinas y fue bautizado en la parroquia de Santa María la Mayor el nueve de octubre.
La familia de su padre conoció la prosperidad, pero su abuelo Juan, graduado en leyes por Salamanca y juez de la Santa Inquisición, abandonó el hogar y comenzó una errática y disipada vida, dejando a su mujer y al resto de sus hijos en la indigencia, por lo que el padre de Cervantes se vio obligado a ejercer su oficio de cirujano barbero, lo cual convirtió la infancia del pequeño Miguel en una incansable peregrinación por varias ciudades castellanas y andaluzas.
Por parte materna, Cervantes tuvo un abuelo magistrado que llegó a ser efímero propietario de tierras en Castilla. Estos pocos datos acerca de las profesiones de los ascendientes de Cervantes fueron la base de la teoría de Américo Castro sobre el origen converso (judíos obligados a convertirse en cristianos desde 1495) de ambos progenitores del escritor.
En 1566 se instaló toda la familia en Madrid, convertida cinco años antes en capital del Reino. En el Estudio de la Villa, Miguel asiste a las clases de gramática, disciplina que ya había estudiado en las ciudades donde había vivido antes. En dicho Estudio perfecciona lengua y literatura y quizá también ayudaba en labores de gestión a su maestro, Juan López de Hoyos. Por entonces, Miguel aspira a ser secretario de algún estudiante rico de Alcalá y desea convertirse en poeta famoso. Por ello, frecuenta corrales y tertulias y empieza a ser conocido.

Pero se cierran precipitadamente tres años prometedores de su vida, pues de repente se marcha de Madrid en 1569 sin causa exacta conocida, quizá un duelo cuyas razones apenas se conocen. Parece ser que hirió a un joven y que la pena impuesta sería cortarle una mano y desterrarlo durante diez años, razón que quizá llevó a Cervantes a huir de la justicia.

Primero anduvo por España y luego marchó a Italia como soldado de los Tercios.  En 1571 participó en la batalla de Lepanto contra los turcos y recibió tres heridas, una de las cuales inutilizó para siempre su mano izquierda. Muchos años después, en la primera parte del Quijote, Cervantes nos contará las circunstancias de aquella lucha.

En 1572 permanece en Italia, y allí se enamora, tiene un hijo, y lee a escritores renacentistas en su propia lengua. Se propone mejorar su situación y promocionar a capitán, así que obtiene dos cartas de recomendación firmadas por don Juan de Austria y por el virrey de Nápoles, en las que se certifica su valiente actuación en la batalla de Lepanto. Con esta intención, en 1575 Rodrigo y Miguel de Cervantes salen de Nápoles en una goleta camino de España.

Después de una tormenta, la nave es abordada por corsarios berberiscos a la altura de Marsella y los dos hermanos caen prisioneros y son trasladados a Argel. Las cartas de recomendación fueron de gran ayuda para salvar su vida, pero serían, a la vez, la causa de lo prolongado de su cautiverio, pues los piratas, convencidos de hallarse ante una persona principal y de recursos mantienen a Miguel apartado del tráfico de cautivos.

En 1577, Rodrigo es liberado después de que sus hermanas pagaron el rescate demandado. Pero Miguel no tiene esa suerte, pues el rescate que se exigía era de mucha más cuantía. Después de varios intentos de fuga, la madre puede reunir cierta cantidad de dinero y, ayudada por dos frailes trinitarios, logran su liberación en 1580.

Diez años en los que hubo gloria militar, viajes por el Mediterráneo, contacto con otros pueblos cristianos, con los turcos y con los piratas del norte de África. Todas estas experiencias y las de su prolongado cautiverio serán parte de su materia literaria posterior.

En 1580, ya con 33 años, vuelve a Madrid, con gran regocijo familiar, especialmente por parte de su madre y de su hermano Rodrigo, que tanto lucharon por su rescate. Visita a su maestro López de Hoyos y a sus amigos, busca empleo, solicita el apoyo del secretario del rey Felipe II y sueña con ser funcionario y escritor.

España ha cambiado mucho: incontables soldados reclaman ascensos, pagas y empleos. Se ha empobrecido el país por las guerras, el abandono del campo y el derroche de la nobleza. Pululan por la capital mendigos, prostitutas y pícaros. Cervantes consigue un empleo temporal, pero cuando Felipe II traslada la capitalidad a Lisboa, sigue a la corte y gestiona la posibilidad de conseguir un puesto en el Nuevo Mundo. No se cumple su deseo así que regresa a casa de sus padres en Madrid, una familia en continuos apuros económicos. Los amigos lo introducen de nuevo en los ambientes literarios, que ante todo estimaban la poesía lírica, aunque ya también les gustaba la dramática.

Hubiera querido ser actor, como otros autores, pero su tartamudez se lo impedía, así que escribe comedias y se las vende a diversos empresarios teatrales. Eran comedias que ofrecían temas de actualidad; nos han llegado, entre otras, El cerco de Numancia y El trato de Argel. Pero en 1585 dejan de representarse sus piezas pues se impone la fórmula de un joven dramaturgo llamado Lope de Vega.

En esos años conoció a la mujer de un tabernero, Ana Franca, o de Villafranca, con la que tuvo una hija, Isabel. Debió ser una relación no muy duradera, pues en 1584 se casa en Esquivias (Toledo) con una joven de dieciocho años llamada Catalina de Salazar. Cervantes visitó dicho pueblo para tratar con la viuda de un amigo de la publicación de un libro de este, y quizá le presentaran a Catalina en ese viaje, una joven de familia modesta.

Miguel debió creer entonces que podía hacer frente a sus obligaciones familiares con el dinero de la venta de sus comedias una vez establecido en Esquivias. Por eso viaja con frecuencia a Madrid. Pero sigue buscando empleo y en 1587, entrando en la cuarentena, comienza en su vida un periodo de diez años por tierras de Andalucía como recaudador de impuestos y abastecimientos para la Armada Invencible. Su vida transcurre, lejos de Esquivias y de Madrid, en un continuo viaje que le obliga a hacer frente a problemas constantes, persecuciones diversas e incluso la cárcel. En 1590 le invade el desánimo en Sevilla y solicita embarcar para América, pero el Consejo de Indias le deniega su pretensión.

Muere su madre en 1591 y un año después, en Madrid, consigue un puesto de recaudador de impuestos del Tribunal de Cuentas, cosa que le obliga a viajar de nuevo. Vuelve a Andalucía y en 1597 es encarcelado en Sevilla al no poder entregar al tesoro público las cantidades recaudadas que depositó en casa de un banquero. Sale de la cárcel un año después y lleva a su hija Isabel, al quedarse huérfana, a vivir con su hermana Magdalena.

Cuando en 1601 Felipe III traslada la corte a Valladolid, las hermanas de Cervantes alquilan un modesto piso donde ejercen su trabajo de costureras para personas de la corte, y con ellas se fueron Cervantes y Catalina. Miguel busca empleo público, escribe, lee y reanuda relaciones literarias con poetas. En 1604 ya había entregado a Juan de la Cuesta el manuscrito de Don Quijote y había vendido los derechos al librero Robles. En 1606 la Corte se muda a Madrid y, de nuevo junto a los nobles, allí van las hermanas de Cervantes, él mismo y su esposa. Ese mismo año se casa su hija Isabel, pero, al tiempo, inicia una relación extramatrimonial con un aristócrata rico.

Y es en 1606, a punto de cumplir los sesenta años, cuando Cervantes comienza el periodo más fecundo de su vida literaria. Deja de ser comisionista, vive en la pobreza, está acompañado de los suyos y frecuenta los ambientes literarios. Pasea por la ciudad, observa los quehaceres diarios de los madrileños, pero apenas participa en academias literarias promovidas por nobles, pues en ellas reina Lope de Vega. Cervantes prefiere ir a la tertulia de la librería de Robles, conversar con otros escritores y ver jugar en el garito que regentaba el librero. Sigue siendo un gran aficionado al teatro, pero no logra vender sus comedias a los empresarios amigos y apenas acude a los corrales debido a su falta de medios.


En 1610 ingresa en la hermandad de los Esclavos del Santísimo Sacramento y, además de motivos religiosos, le mueve a ello la posibilidad de relacionarse con ciertos nobles que podrían brindarle apoyo económico y nuevas relaciones. En ese mismo año solicita acompañar al conde de Lemos en su viaje a Italia, formando parte del cortejo de este como virrey de Nápoles. Le dieron buenas palabras, pero nada más. Un año después fallece su hermana Magdalena en la vivienda que compartían en la calle León de Madrid. Muerta dos años antes la otra hermana, Andrea, quedan en la casa Miguel, su esposa y su hija Isabel, quien, casada otra vez, provoca en nuestro autor disgustos y conflictos continuos.

Cervantes, mientras, concentra su energía en escribir y planificar detenidamente sus obras. En 1612 se mudan a una casa en la calle de Huertas, una vivienda húmeda y lóbrega. Ahora frecuenta poco los círculos literarios y se centra en la escritura. En 1613, su editor de siempre, nada generoso con él, publica Novelas ejemplares. Pero quien sí lo socorre generosamente desde Nápoles es el conde de Lemos, persona a quien había dedicado su libro. Va siendo estimado como prosista, género menor entonces si se compara con las obras líricas o dramáticas. Cervantes se empeña en escribir también lírica y publica Viaje al Parnaso. Toma el hábito de hermano de la Orden Tercera, en parte por su religiosidad y en parte por sus problemas económicos, decidido a ahorrarle a Catalina los gastos del entierro.

A instancias de su librero Robles iba escribiendo a ritmo desigual la Segunda parte de El Quijote. Y cuando estaba redactando el capítulo 58, se enteró de la aparición de una segunda parte apócrifa impresa en Zaragoza. Fue tan grande su indignación que sirvió de acicate para terminar la novela y matar a su héroe; así acabaría de una vez con los apócrifos. La termina en 1615 y es publicada por Robles.

 Otro librero, Villarroel, le edita Ocho comedias y ocho entremeses, libro rechazado por los empresarios teatrales. Este debió pagar mejor que Robles pues se muda a una casa más confortable en la calle León, que sería su última vivienda. En ella escribió los Trabajos de Persiles y Sigismunda, una obra de reflexión, evasión y fantasía cuya escritura hubo de acelerar al vislumbrar próxima su muerte. La finalizó en marzo de 1616 y el 19 de abril compuso la dedicatoria al conde de Lemos. Murió tres días después a causa de una diabetes, enfermedad entonces incurable, acompañado de su familia, sus amigos y los hermanos de las Cofradías a las que pertenecía.

El Persiles lo editó Villarroel en 1617, una obra que nos muestra su capacidad creadora y su portentosa imaginación, esa fábrica de sueños con la que Miguel de Cervantes venció siempre a la pobreza y a la adversidad. 


Paseo por el Madrid de Cervantes



Como en todos nuestros paseos por Madrid, tratamos de conocer la villa tal y como pudo ser en un momento determinado de su historia. En este caso vamos a adentrarnos en el Madrid de Cervantes, así que, en nuestro caminar, intentaremos trasladarnos a lo que pudo ser nuestra villa cuatro siglos atrás. Pero ello no impedirá que, en determinados casos, hagamos referencia a lo que hubo después en las calles por las que va a discurrir nuestro recorrido.


Calle de Moratín esquina a Huertas





En 1604 el rey Felipe IV ordenó el levantamiento de una cerca que rodeara toda la ciudad, lo que hoy es aproximadamente el distrito Centro, con objetivos claramente recaudatorios. Aquí nos encontramos en lo que fue el límite este de aquella capital, un lugar de las afueras donde había huertas y prados fértiles debido a la abundancia de agua. Era conocido este espacio abierto con el nombre de El Prado de san Jerónimo, Prado que enlazaba con el de Atocha y el camino hacia Valencia. Así lo debió conocer Cervantes, como un lugar donde se esparcía la nobleza pero también las clases populares.

En el siglo XVIII este espacio de El Prado fue ennoblecido por expreso deseo de los reyes de la casa de Borbón. Fue así como se edificaron el Museo de Ciencias Naturales, hoy Museo del Prado, el Jardín Botánico y el Observatorio astronómico, se ajardinó el Paseo y se levantaron las fuentes de Cibeles, Neptuno y de las Cuatro Estaciones. Este proceso de transformación lo debió contemplar Leandro Fernández de Moratín, escritor del siglo XVIII conocido por sus comedias, sobre todo por El sí de las niñas. Moratín nació en la calle de san Juan, en la casa que hace esquina con la calle Huertas. Sus padres y abuelos también habían vivido en este barrio. En 1911 el ayuntamiento de la villa dio a la calle el nombre de Moratín en honor del dramaturgo del siglo ilustrado.


Placa de la primera edición de El Quijote



Subimos por la calle de Moratín, giramos a la izquierda por la costanilla de los Desamparados, hasta llegar a la calle de Atocha, y nos detenemos junto al número 87.

En el punto donde acababa la calle de Atocha, ya dentro de la ciudad en tiempos de Cervantes, había bastantes palacios, casonas y hospitales. Era esta una zona de ampliación de la villa en el camino hacia el convento de Atocha y hacia la ciudad de Valencia. Aquí, en este portal con el número 87, estuvo la imprenta  de Juan de la Cuesta y en ella se imprimió la primera edición de El Quijote, lo que se conoce como Primera Parte, en 1605. Veis una placa que así lo recuerda y que nos evoca la emoción que sentiría Cervantes al ver impreso su libro 57 años después de que Gutenberg inventara la imprenta. La portada de esa primera edición lleva el emblema del librero y editor Robles y una leyenda que reza: “Spero lucem post tenebras”. Por fin Miguel de Cervantes iba a conocer el éxito tantas veces soñado en su vida y nunca reconocido hasta ese momento, en el que Cervantes tiene conciencia de que su libro es nuevo y muy bueno, aunque teme por la acogida que pueda tener.

Este edificio, que albergó, como hemos dicho, la imprenta de Juan de la Cuesta, se creó entre 1592 y 1620, luego fue Hospitalillo de Incurables del Carmen, y en 1981 fue declarado monumento histórico-artístico. Hoy es la sede de la Sociedad Cervantina de Madrid, fundada en 1953.


Placa de la edición de la Segunda Parte de El Quijote



Cruzamos la calle de Atocha y nos encaminamos hasta el número nueve de la calle de san Eugenio.

En 1609 murió Juan de la Cuesta y en ese mismo año su viuda decidió trasladar la imprenta a la cercana calle de San Eugenio. En el número nueve de esta calle se imprimió en 1615 la Segunda Parte de El Quijote. Una placa así lo recuerda aunque no cita que también aquí se imprimió Viaje al Parnaso. La fama conseguida con la Primera Parte de El Quijote animó a Cervantes a escribir la Segunda y, satisfecho como estaba de aquella y de su éxito, confiaba que también lo lograría con esta. La Primera se tradujo enseguida al inglés y al francés, y se habían hecho ya dieciséis ediciones, algo desconocido hasta entonces, cosa que propició que a Cervantes se le conociera en toda Europa. Con ironía decía nuestro autor en la Segunda Parte que la fama de don Quijote había llegado hasta China y que era el libro más conocido y él, su autor, el maestro de la lengua castellana. Sin embargo, Cervantes no pudo adivinar hasta qué punto aquello iba a ser cierto al traducirse el Quijote a todas las lenguas y servir como modelo de la narrativa moderna. Su lengua sobria y llana sigue siendo un modelo del castellano culto y también de la lengua hablada.

La placa que recuerda la primera edición de la Segunda Parte de El Quijote fue colocada por el Ayuntamiento de Madrid en este lugar con  motivo de la celebración del III Centenario de la publicación de El Quijote, celebrada en 1905.


Cine Doré y Filmoteca Nacional




Por la calle de santa Isabel subimos hasta su número tres, donde se ubica actualmente la sala de proyecciones de la Filmoteca Nacional de España, ocupando lo que en otros tiempos  fue el cine Doré.

Gustavo Doré, que fue uno de los ilustradores más famosos de El Quijote, mostró una versión nueva del caballero andante, una visión romántica acorde con la época del pintor. Otros ilustradores famosos de la obra genial de Cervantes han sido Picasso, Dalí y el propio Goya. En honor de Gustavo Doré, en 1923 se dio su nombre al primer cine de la ciudad, que hoy, remozado pero conservando su esencia, es la sala principal de proyecciones de la Filmoteca.

La filmoteca reúne los fondos del cine español de todos los tiempos. Aunque la sede de la misma está en el número diez de la cercana calle Magdalena, las proyecciones tienen lugar en esta sala. Los precios son muy asequibles y la programación es muy variada, unas veinte películas por semana.

Frente a la Filmoteca, todas las calles van descendiendo hacia la plaza de Lavapiés. Este barrio, que fue la judería medieval de Madrid, conocida entonces con el nombre de El Avapiés, siempre ha sido muy popular y hoy es el lugar más diverso y creativo de la ciudad; en él conviven las salas de arte más vanguardistas y los teatros más innovadores con las iniciativas culturales más modernas de Madrid.


Plaza de Matute


Dejamos atrás el cine Doré, el pasaje del mismo nombre y el popular mercado de Antón Martín y volvemos a la calle Atocha. La cruzamos y avanzamos por las calles de León y Huertas hasta llegar a la plaza de Matute.

A lo largo de los siglos XVI y XVII en esta plaza tenía lugar un comercio ilegal de mercancías, propiciado casi seguro por estar situada en los confines de la villa y muy cerca de la puerta de Atocha. Precisamente porque ese comercio era ilegal, se la conocía con el nombre de plaza de Matute, ya que la expresión ‘de matute’ significa “de contrabando”. La cercana calle de Huertas nos recuerda con su nombre que aquí había huertas y prados fértiles debido a la abundancia de agua.

Hoy es una de las arterias principales del Barrio de las Letras y, como es peatonal, permite el paseo sosegado por la misma. Además de contemplar los edificios y los muchos restaurantes y bares que hay en la misma, podemos leer en el pavimento diversos textos de los autores del Siglo de Oro, algunos de los cuales vivieron en estas calles e incluso dan nombre a varias de ellas.


Iglesia de san Sebastián

 

Subimos por la calle de Huertas y llegamos a la iglesia de san Sebastián, la más famosa del barrio.

La iglesia de san Sebastián fue edificada en el siglo XVI pero después se realizaron muchas modificaciones. Incendiada durante la guerra civil de 1936, fue reconstruida posteriormente, conservando muy poco de su traza original. Lo que hoy es una floristería contigua a la iglesia fue en su día el cementerio, como era costumbre en aquellos tiempos. Allí estuvo enterrado Lope de Vega pero sus restos desaparecieron entre los de los demás cuando, en 1809, José Bonaparte, ordenó que todos los cementerios estuvieran ubicados fuera de la ciudad.

Una placa que hay a la entrada de la iglesia nos recuerda que muchos personajes ilustres estuvieron ligados a la misma. En ella fueron bautizados Ramón de la Cruz, Moratín y Benavente; allí se casaron Larra, Zorrilla, Bécquer, Bretón de los Herreros y Simón Bolívar. También en ella se celebraron las defunciones de Cervantes, Lope de Vega, Ruiz de Alarcón, Iriarte, Espronceda, Ventura de la Vega, Barbieri, Villanueva, Churriguera y Benavente. Es por tanto un lugar que nos evoca un largo recorrido desde el Siglo de Oro, pasando por la Ilustración y el Romanticismo hasta llegar a la Edad de Plata del siglo XX. Añadiremos que allí fue enterrada Andrea, hermana de Cervantes, en 1609.

Dos cofradías tienen su sede en esta parroquia, la de la Soledad y la de la Pasión. Ambas eran administradoras de los Corrales de Comedias del siglo XVII, el de la Cruz y el del Príncipe. En la iglesia están domiciliadas dos cofradías, la de actores y la de arquitectos y se conserva una imagen de la Huida a Egipto de Ventura Rodríguez, lo único valioso que quedó tras el incendio. En la capilla de arquitectos están enterrados Juan de Villanueva y Ventura Rodríguez.

Muy cerca, en el número cinco de la calle Atocha está la Cerería Ortiz, la primera tienda de Madrid, abierta en 1760. Mantiene su decoración intacta desde 1912.


Plazas del Ángel y de santa Ana

 

Nos encaminamos hacia la plaza del Ángel, en la que estuvo la librería de Villarroel, el último editor de Cervantes. La plaza ocupa el espacio que dejó libre el convento de san Felipe Neri, construido en 1660. En dicho convento había un cuadro dedicado al Santo Ángel de la Guarda, de gran estima para los madrileños. El edifico fue derribado a instancias de Carlos III a principios del siglo XIX y el cuadro se esfumó pero el nombre se mantuvo.

En dicha plaza sigue en pie el palacio de los condes de Tepa, terminado en 1808 y que hoy es un hotel famoso. Hasta 1766, en el lugar que ocupa dicho palacio, estuvo la  Fonda de san Sebastián, un café por el que pasaron ilustres intelectuales y literatos como Jovellanos, Moratín, Larra, o Espronceda. Actualmente la plaza gira en torno al café Central, uno de los templos más antiguos de jazz de Madrid.   

Entramos en la plaza de santa Ana, que obviamente Cervantes no pudo transitar porque en su tiempo no existía. Fue José I, hermano de Napoleón, quien mandó que se creara en el solar del convento de santa Ana, aunque su forma actual la adquirió algunos años después.

Domina la plaza el teatro Español, obra de Juan de Villanueva (1745), levantado en los cimientos de lo que fue Corral de comedias del Príncipe, abierto en 1583 para representar los Pasos de Lope de Rueda y diversas comedias  de autores del Siglo de Oro. Ha sido reformado en varias ocasiones, después de diversos incendios. Tiene fachada neoclásica y medallones con famosos autores de teatro, como Lope de Vega, Calderón, Tirso, Ruiz de Alarcón, Benavente o Lope de Rueda.

La plaza ha gozado siempre de gran tradición literaria y bohemia, y en ella se ubican establecimientos famosos -bares, restaurantes, cervecerías y librerías- relacionados con el mundo del arte, de la literatura y de los toros. En lo que hoy es el hotel Victoria se levantó en su día el palacio de los Montijo, y después fue lugar de célebres tertulias literarias en el siglo XIX y taurinas en el XX. Una estatua de Calderón (1880), y otra de Lorca, más reciente (1990), homenajean al teatro español, simbolizado en estos dos dramaturgos.


Casa de Cervantes en la calle de Huertas



Dejamos atrás la plaza de santa Ana y nos dirigimos a la cercana calle de Huertas.

En el número 18 de esta calle hay una placa que señala que en esta casa vivió Cervantes y aunque señala el año 1614, aquí habitó entre 1612 y 1615. En nota adjunta al Viaje al Parnaso dice el autor que era una casa incómoda y con muy poca luz, grave inconveniente para sus muchas horas de trabajo y escritura. En esta vivienda recibió la noticia de la publicación del Quijote de Avellaneda. También vivía en ella cuando Lope de Vega criticaba El Quijote con estas palabras: “De poetas no digo, buen siglo es este; pero ninguno tan malo como Cervantes ni tan necio que alabe a don Quijote”. Cervantes no se echó para atrás y, entre las paredes de esta lóbrega casa escribió las Novelas ejemplares, el Viaje al Parnaso y la Segunda parte de El Quijote, quizá lo más sólido de su producción literaria. Cervantes se nos muestra como un notable poeta pero, sobre todo, hemos de constatar que fue aquí donde nació la novela moderna, a pesar de la mala crítica destilada por Lope de Vega, el gran triunfador que, de haber existido entonces, hubiera sido homenajeado con el premio Cervantes, pues su talento poético y teatral lo hubiera hecho merecedor de tal premio. Un premio que sin embargo lleva el nombre del autor de El Quijote, el creador de la narrativa moderna, y que, de haber existido entonces, no se lo hubieran otorgado a Cervantes., así de paradójica es la vida.

En la planta baja de la casa, un restaurante famoso, Casa Alberto, homenajea a Cervantes con múltiples recuerdos, cuadros, textos y recetas culinarias.


Última casa de Cervantes



Bajamos por Huertas y, al llegar a la calle León, nos dirigimos a la esquina de esta con la de Cervantes, que en aquel tiempo se la conocía con el nombre de calle de los Francos.

Aquí vivió Cervantes el último año de su vida. Era un edifico nuevo que había sido levantado en 1613 y al que se accedía por la calle de atrás, llamada Cantarranas, hoy Lope de Vega. Las habitaciones de Cervantes y su familia estaban en el piso bajo y reunían mejores condiciones que las de la calle Huertas: la situación económica de Cervantes era más holgada, gracias a su nuevo editor y al conde de Lemos. La vivienda tenía tres huecos a la calle León y era relativamente espaciosa. Las ventanas daban al llamado mentidero de los representantes, así que lo que se decía en los corrillos del mismo los oía Cervantes sin salir de su casa: cotilleos de actores, conversaciones de vecinos, chismes, escándalos amorosos, maravillas de América…

En esta casa escribió su último libro, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, una obra de reflexión, evasión y fantasía cuya escritura hubo de acelerar al vislumbrar próxima su muerte, y lo terminó en marzo de 1616. Ya muy enfermo, profesó en la orden tercera de san Francisco, para ahorrar los gastos del entierro a su familia. El 19 de abril escribió la dedicatoria del Persiles al conde de Lemos y murió el día 22 a causa de una diabetes, acompañado de su familia, sus amigos y los hermanos de las cofradías a las que pertenecía.  La muerte le llegó el 22 de abril, aunque la fecha oficial sea la de su entierro, que tuvo lugar el día siguiente, 23 de abril.


El edificio fue derribado en 1833 a pesar de la protesta del escritor y concejal Mesonero Romanos. El rey Fernando VII se interesó por la compra del mismo para construir en él algún establecimiento literario. Pero el dueño de la casa quería hacer negocio, así que se negó a venderla alegando que en ella “había vivido don Quijote, del que también él era apasionado”. Se derribó la casa y se levantó un edificio de pisos. En 1834 se colocó una placa en el nuevo edificio con una leyenda: “Aquí vivió y murió Miguel de Cervantes Saavedra cuyo ingenio admira al mundo. Falleció en MDCXVI”. Y encima un medallón con la efigie de Cervantes en altorrelieve. Poco después se cambió el nombre de la calle a instancias del alcalde, el marqués de Pontejos, y se le dio el del escritor.


En 2005 la Real Academia Española colocó una placa para homenajear al autor de El Quijote en el cuarto centenario de la publicación de la Primera Parte de la famosa obra. Muchas placas sí, pero en lo que en su día fueron las habitaciones donde vivió Cervantes hoy encontramos una zapatería de barrio. Así que una cierta perplejidad nos enmudece y, por un momento, pensamos en todo lo que los poderes públicos podrían hacer en este edificio que albergó a Miguel de Cervantes en los últimos meses de su vida.



Acabaremos nuestra parada ante la última casa de Cervantes leyendo la Dedicatoria del Persiles al conde de Lemos:

“Puesto ya el pie en el estribo,
con las ansias de la muerte,
gran señor, ésta te escribo.

Ayer me dieron la Extremaunción y hoy escribo ésta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir…”


Casa de Lope de Vega

 

Caminamos por la calle de Cervantes hasta el número 11, donde está la Casa Museo Lope de Vega.

La Casa de Lope de Vega fue adquirida por el escritor en 1610 y en ella vivió hasta su muerte, acaecida en 1635. En esta casa Lope hizo realidad del ideal clásico: “Que yo en mi pobre hogar, con dos librillos, ni murmuro, ni temo ni deseo”. El afecto familiar, el sosiego del huerto y del estudio lo ayudaron a vivir con tranquilidad sus años finales. En el dintel de la puerta de entrada reza un lema: “Parva propia magna, magna aliena parva” (Aunque tu casa sea pequeña, si es tuya es grande; si no es tuya, aunque sea grande es pequeña).

Reconstruida con mucho cuidado, se puede visitar el oratorio, el estudio, el huerto y otras dependencias. Todo ello puede ayudarnos a comprender cómo era una casa madrileña acomodada del siglo XVII. Depende en su régimen de la RAE, entidad creada en 1716 para la defensa de la lengua española.


Convento de las Trinitarias


Bajamos por la calle de Quevedo, llamada hasta 1848 calle del Niño.

En ella vivió seis años Luis de Góngora, el gran poeta culterano del siglo XVII, en una casa de su rival, el escritor conceptista Francisco de Quevedo. Era una casa pequeña, a la que Góngora dedicó una de sus perlas: “He alquilado una casa/ que en el tamaño es dedal/ pero en el precio, de plata”. Se dice que Quevedo compró la casa donde vivía un Góngora arruinado, para que su enemigo quedara en la calle en el primer impago. Así sucedió en 1625. Pequeñas ruindades de dos grandes de nuestra literatura. En la actualidad sólo queda una placa conmemorativa de la existencia de esa casa.

Por la calle de Quevedo bajaremos hasta la de Lope de Vega, en cuyo número 18 está el convento de las monjas Trinitarias, lugar donde está enterrado Cervantes.

En 1612 se construyó este convento de monjas Trinitarias. La iglesia es de cruz latina y en la cripta se encuentran los restos de Cervantes. Vestido con el hábito de la Orden Tercera y con la cara descubierta, el 23 de abril de 1616 Cervantes fue enterrado en  este convento.  Un pequeño séquito, formado por hermanos de la orden, familiares y vecinos, acompañaba al escritor en su último viaje. Las monjas lo recibieron en el sitio más decente de la casa, la capilla.  En un lugar indeterminado de la misma reposan los restos del escritor. Su muerte tuvo poco eco en los medios literarios. No fue un entierro multitudinario como el de Lope de Vega, que tendría lugar diecinueve años después.
No es casual que Cervantes eligiera este lugar para ser enterrado: trinitarios eran los monjes que lo rescataron en Argel y trinitaria era su hija IsabelCatalina, su mujer, murió diez años después y fue enterrada también aquí, junto a su esposo.

En la capilla hay una lápida que nos recuerda que en este lugar yacen los restos de Miguel de Cervantes y otra placa, colocada fuera por la RAE en 1869, nos avisa también de lo mismo. En 2015 el Ayuntamiento de Madrid intentó identificar los restos de Cervantes pero, a pesar de las excavaciones realizadas en la cripta y los análisis pertinentes, no llegó a conseguirlo con precisión.


Plaza de las Cortes



Caminamos por la calle de san Agustín y llegamos a la plaza de las Cortes, donde terminaremos nuestra visita.

En 1835 se erigió esta estatua, obra del escultor barcelonés Antonio Solá, fundida en Italia. Nos muestra un Cervantes galante, casi militar. Esconde bajo su capa la mano izquierda herida, que ase la empuñadura, mientras que la derecha sostiene unos papeles. Una inscripción frontal en latín dice: “Príncipe de los ingenios” y otra, posterior, lo traduce al castellano. A ambos lados de la peana dos escenas quijotescas: una de ellas, el episodio de los leones. Es una escultura digna y de cierta belleza, que en la última reforma de la plaza fue trasladada al lado sur de la misma mirando hacia El Prado y Los Jerónimos.


Otros recuerdos de Cervantes en la ciudad de Madrid



En la calle de la Villa, una placa informa acerca de la Escuela de Gramática dirigida por López de Hoyos, a la que asistió Cervantes en 1567. Está cerca del palacio de los Consejos, junto a la calle Mayor.

En seis casas de Madrid vivió Cervantes, junto a algunas de las cuales hemos estado. Otra estaba en la calle de los Estudios y una más en la calle Magdalena.

En diversos lugares de la ciudad hay otras estatuas dedicadas a Cervantes: una, en la Biblioteca Nacional, erigida en 1892; otra más en la avenida de Arcentales, san Blas, en 1999. Y el conjunto escultórico de la plaza de España dedicado a Cervantes y a don Quijote y Sancho, levantado por iniciativa del Consorcio creado en 1905 para la celebración del tercer centenario de la publicación de la Primera Parte de El Quijote. La estatua del escritor se inauguró en 1916 y el grupo escultórico entre 1923 y 1930, aunque no se acabó hasta después de terminada la guerra.

En varios distritos de la capital hay calles dedicadas a nuestro autor o a personajes creados por él. Además de la calle de Cervantes, ya visitada, hay otras: las de don Quijote y de Dulcinea, en el barrio de Cuatro Caminos; la de El Toboso, que estaba en Cuatro Caminos también, pero que al ser derruidas sus casas, dio nombre a una nueva calle, ubicada en Carabanchel, donde fueron realojados los inquilinos de la calle originaria. Y la de Sancho Panza, en Vallecas. Con la creación de la urbanización Nuevo Toboso, en el barrio de Fuencarral, se pusieron estos nombres a algunas de sus calles: Rocinante, Aldonza Lorenzo, Ínsula Barataria, Alonso Quijano, Cueva de Montesinos, Princesa Micomicona, Campo de Montiel, Campo de Calatrava, Caballero de los Leones, Caballero de la Triste Figura, Caballero de la Mancha, Caballero de la Blanca Luna y Caballero de los Espejos.

Abril de 2016.





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