sábado, 31 de diciembre de 2016

Instantes de otoño: Seis poemas y un paseo por El Retiro


Hace poco más de un mes subí a este blog una colección de fotos que hice en El Retiro de Madrid una mañana amena de paseo. Pasados unos días, fui escribiendo unos apuntes que he rematado en estas fechas. No se me ocurre mejor final de año en este blog que terminarlo así, con poesía, sobre todo si va unida a los mejores deseos para 2017.


Caminos


Entras en El Retiro una mañana
de frío y de lluvia complacida.
Miles de hojas van cayendo al suelo
como cortadas por un filo,
y buscan su acomodo en los caminos
formando una capa mullida,
sobre la que tus pies andantes
notan complacidos la experiencia
de un pasear pausado,
como flotando en la tierra y en las hojas.

Sientes, una vez más, que es el otoño,
el placer de transportarte, al caminar,
como si fueses levitando un poco,
la inmensidad de los colores, y las hojas
esperando su momento, la ocasión
de convertirse en tierra de sendero.


Colores


Vas subiendo una colina suave
coronada por un palacio de cristal.
Miras de frente y te hipnotiza
el chorro, impetuoso como un géiser,
en medio del estanque tranquilo y apacible.

Las hojas, arrastradas por el viento,
flotan leves y mansas en la cara del agua,
surcada toda ella por patos juguetones.

Un concierto pausado de colores
organiza tu mirada y la deslumbra,
y, entre todos, te llama el luminoso
rojo ladrillo de los cipreses de agua
que anidan en el fondo del estanque.

Un rojo fuerte que porfía
con verdes recién segados,
con amarillos de plátanos,
con el azul de un cielo despejado,
con el blanco y el gris del palacio breve.


Fieras


Atraviesas el inmenso paseo de coches
escoltado por plátanos frondosos
y entras firme y pausado en el jardín secreto.

Los pinos, aguerridos en su tronco enhiesto,
te van abriendo el paso hasta la fuente amena
que sortea el ladrillo y los granates
de una hiedra fecunda y ya menguante.

Un instante de sol entre nublados
resalta el rojo vino de la tapia,
y un vértigo de viento colorea
de hojas amarillas el sendero.

La potestad de un árbol, con su tronco
como una inmensa pata de elefante,
te llama, sideral, y te hipnotiza.

No lejos, dos leones de piedra, domeñados,
recuerdan sutilmente que estás en ese sitio
que fue en su día la casa de fieras de El Retiro.

  
Fuente


Caminas por paseos que están recién planchados,
abiertos para ti esta misma mañana.
y llegas a una fuente tranquila y silenciosa
de líneas paralelas y de esculturas clásicas.

La fuente de Cajal, el sabio aventurado,
la fuente de la vida de todos los que nacen
la fuente de la muerte de todos los que viven.

En el lugar ameno del profesor ilustre
la fuente te recuerda, con ese porte griego,
el equilibrio líquido de la vida vivida,
y la sabia cadencia del agua allí brotada.

El otoño apacible, que ha llegado tranquilo,
adorna con sus hojas los plácidos contornos,
y los colores malvas, marrones y amarillos
abren paso y escuchan al sabio sosegado
silente en El Retiro y casi siempre solo.


Estanque

 
Entras casi de incógnito en ese ámbito
que domina el estanque y lo ennoblece.
Pasas entre su escolta de columnas
y, lento, te acomodas en la amplia escalinata.

Miras de frente, atento,
el cielo azul y plácido,
el verde de las aguas,
la piedra, los leones
y, lentas, fugitivas,
las diminutas barcas.

Nubes que arrastra un viento fuerte
crean las grises sombras de los lejanos árboles,
y reflejos de sol, cruzando el agua,
imantan la mirada del breve paseante.

Sales de la explanada, y las columnas
te saludan, sombra y sol, nadie, nada.
La piedra gris esconde tus pisadas
y los cipreses del paseo se aletargan.


Fábula


El quiosco de la música varado entre colores,
los troncos gruesos de los viejos plátanos,
el verde de la hierba y de los setos
y el marrón de las hojas de los alados álamos
te guían a la glorieta gongorina
en donde Polifemo y Galatea
viven sus aventuras en el severo mármol.

Mientras lees los versos, centurión del sendero,
un alto y grueso tronco te custodia.

Atrás queda el estanque, y las columnas,
la farola, el ciprés de los pantanos,
las fuentes juguetonas con sus aguas,
el chopo tieso y el mullido plátano,
 la hoja breve del sendero manso
las filas misteriosas de los álamos.



https://roblesamarillos.blogspot.com.es/2016/11/otono-en-el-retiro-de-madrid-una_22.html



miércoles, 14 de diciembre de 2016

Garzas en primavera



Aquella poesía del Cancionero popular nos dejaba, por un momento, como detenidos en un aire de melancolía doliente. Era la punzada del amor recién perdido.

Malferida iba la garza
enamorada:
sola va y gritos daba.

Donde la garza hace su nido,
ribericas de aquel río,
sola va y gritos daba
.


A finales de abril, caminando junto a un arroyo del río Pusa, en los Montes de Toledo, vimos dos garzas jugando mientras volaban. Por un momento, aquella poesía tradicional quedaba felizmente oculta tras unos versos que se me ocurrieron  y que anoté en un papelillo.

Junto al arroyo
iban volando dos garzas:
enamoradas.

Iban volando dos garzas,
y entre los juncos,
posándose se besaban.

Hoy, en los últimos días del otoño, he encontrado en mi cuaderno aquel apunte y he querido darle al poema un nuevo aire. Aquí está.


Junto al arroyo y los juncos
iban volando dos garzas
enamoradas.

Iban volando dos garzas
y entre los juncos
posándose se besaban.

Posándose entre los juncos
las dos garzas se besaban
enamoradas.

Las dos garzas se besaban
y alzando el vuelo en los juncos
por el cielo se marchaban.

Antonio Aravalle
 13 dic 2016

 



miércoles, 7 de diciembre de 2016

Bajo una farola: otro maratón de mi hermano Javi





Y otro maratón más de Javi, mi hermano, esta vez en Donosti. Enhorabuena, y adelante.
Aquí traigo su relato, escrito, como siempre, en la misma fecha de la carrera.


"Conviene aclarar a los profanos que, durante los minutos de espera que preceden a la salida de una prueba, los corredores de fondo acostumbran a protegerse del frío con alguna camiseta vieja que luego tiran por las aceras al cabo de unos kilómetros, cuando ya el cuerpo está entonado.

Hice mal en tirar mi camiseta roja en el k7. Una prenda como aquella, que me había  aguantado durante más de treinta años sin decir ni mu, sin exigir nada a cambio de su confortable tacto, no merecía acabar como un trapo cualquiera a los pies de una farola en la ciudad de Donosita, ayer día 27, fecha en que se corría el trigésimo noveno maratón de la ciudad. Por muy vieja y deshilachada que estuviera, esa pobre camiseta no merecía un final así.

Todo este discurso culposo me fue rondando ayer domingo durante los ciento y pico minutos transcurridos entre los dos pasos previstos por el puente de santa Catalina, nombre bajo cuya advocación se han consagrado virtuosas jóvenes en ciudades tales como Alejandría, Bolonia, Génova o Siena, eso sin contar con santa Catalina de Ricci (noble familia florentina) o santa Catalina Labouré, cuyo nombre parece más propio de paso de ballet que de una santa. A saber a cuál de ellas está dedicado el puente donostiarra.

Pero vayamos a lo que nos ocupa. La carrera pasaba por dicho puente en el k7. La pobre camiseta (un guiñapo, después de tres décadas, no te vayas a creer) se quedó allí, hecha un gurruño, abandonada a su suerte por quien había gozado de su acogedora protección durante más de media vida. Y ese crimen, ese magnicidio, se me fue clavando en el corazón desde el momento mismo en que se produjo la fechoría. Y el corazón, que no es de piedra, se vio sometido a un desgaste tal que allá por el k14, el pobre, se despendoló. Tanto que hubo que parar más de un minuto para intentar calmarlo, con la firme promesa de rescatar la camiseta del bendito suelo, en el caso de que siguiera allí en el k28, al segundo paso por santa Catalina. Mientras, la zozobra, el come-come, la incertidumbre toda, el corazón en vilo, como cuando éramos niños (anda que si ahora se mueren tus padres, te decías, y ya no les ves nunca más, cosas así), y todo por la tontería de tirar lo que no se debe.

Qué mal lo pasé ayer entre el k7 y el 28. Sufrí como nunca antes en ninguna otra carrera. No te digo más que estuve a punto de jurarme que sería mi último maratón, tal era el castigo ejercido no solo sobre los músculos sino, sobre todo, sobre/contra las entretelas del espíritu. Así que, tras culminar el paseo que bordea el río frente a la Tabacalera, cuando volvimos al dichoso puente y la vi de nuevo, ¡sí!, allí mismo, tan solita, ignorada por el público que aplaudía y vitoreaba a los corredores (¡Oso ondo!), una lágrima bastante furtiva brotó de mis ojos. Pero mi corazón, ya terciopelo ajado, ignorando el pesar o pesadumbre que lo había puesto en el k14 a tropecientas pulsaciones, hizo como quien no ve ni siente, y pasé de largo.

Cruzamos luego el barrio de Gros (¡esta vez sin txalaparta!, ¡toda la música envasada!), subimos por el Boulevard, me acompañó Daniel por el tramo más duro, esa zona desangelada que coincide con los kilómetros donde sucumben tantos corredores, agradecimos los ánimos que nos daba desde la acera una viejecita con una campanilla de dulces armonías, volví a la soledad a la altura del k39, giramos desde san Martín a Easo (el verdadero pórtico de la gloria de este maratón del que tanto renegué ayer durante tantos minutos) y percibí a lo lejos a una corredora africana alta como una torre con la que me había cruzado en los túneles y que luego se quedó clavada en el k40…

Fargo es una película maravillosa por varias razones, como lo es santa Catalina por otras no tan distintas. No vamos a desmenuzar ahora estas figuras de la imaginación, tiempo habrá otro día. Pero todo el mundo recordará al descerebrado de marras, rubio platino de bote, dispuesto a terminar por las bravas aquel asunto del autosecuestro.

Un maratón da mucho de sí. La culpa por lo que uno hizo mal o no supo hacer (camiseta), la duda, la incertidumbre permanente (qué ritmo, cuándo bebo, de dónde era santa Catalina), los vaivenes emocionales provocados por el sufrimiento y la euforia (corazón desatado, corazón en calma), todo ello son circunstancias que acaban sometiendo al corredor a una presión tal que lo predisponen al caos mental, en cuyas fauces fenece quiéralo o no antes de cruzar la meta. 

Pues resulta que la africana (luego vi que se llamaba Pamela-Lulú, ¡santa Catalina nos asista!) se rehízo y me volvió a pasar, una herida que terminó abriendo heridas previas por lo mal que había planteado mi carrera, de más a menos, un error imperdonable a estas alturas.

En un instante ocurrió todo. Pasado el k41, apareció el monstruo en la acera. No era rubio de pega, pero enarbolaba una feroz motosierra a la vez que pasaba de la acera a la calzada y se venía decidido contra nosotros. No era el tío del mazo, que anida en el k34, ni ningún otro enemigo habitual. Era la bestia de la motosierra en persona. De repente vi volar brazos mutilados (“más allá de Orión”), piernas desgarradas con sus zapatillas de marca, cabezas descuajadas de los hombros con la mirada perdida (¡y tanto!), almas en pena pululando ya más cerca del otro mundo que de este…

No recuerdo más. Luego supe que habían dicho mi nombre por la megafonía oficial cuando entraba en meta, junto con un mensaje de ánimo de parte de Gloria, que estaba tras la valla esperando mi llegada. Pero yo ya no era yo, era una triste sombra huyendo de un rubio asesino en camiseta."


 

domingo, 4 de diciembre de 2016

“Ruinas, el trayecto: Guerda Taro”. Un cuento de Juan Eduardo Zúñiga sobre el olvido, la memoria y la dignidad





He escrito este artículo en los últimos días de noviembre, ochenta años después de aquel Largo noviembre de Madrid en el que el valiente pueblo de la capital defendió su ciudad heroicamente, sorprendiendo así al ejército franquista y al mundo entero. Se lo dedico In memoriam a todos los que, con su intrépida e inesperada movilización, lograron detener la caída de la capital de España en manos de los facciosos y resistieron después un duro asedio de casi tres años.

Vaya también como homenaje a Juan Eduardo Zúñiga, a quien en estos días le ha sido otorgado el Premio Nacional de las Letras en reconocimiento de toda su obra, en la que ética y estética van de la mano, como quería Juan Ramón Jiménez.

Jesús Bermejo



1

“Pasarán unos años y olvidaremos todo; se borrarán los embudos de las explosiones, se pavimentarán las calles levantadas, se alzarán las casas que fueron destruidas. Cuanto vivimos, parecerá un sueño y nos extrañará los pocos recuerdos que guardamos”. Así comienza el primer cuento de Largo noviembre de Madrid, de Juan Eduardo Zúñiga, y supone toda una declaración de supervivencia: el olvido, la desmemoria, el despojo de la propia identidad habrían de ser los objetivos perseguidos por los personajes de este cuento, y de todos los que pueblan La trilogía de la guerra civil. Unos objetivos comprensibles pero que resultarán inasumibles por los citados personajes, quienes, por dignidad, guardarán memoria de aquel tiempo de guerra, aunque, por seguridad, evitarán riesgos y ocultarán a los demás su experiencia de aquellos años.

Esa lucha entre olvido y memoria, en la que se debaten los personajes creados por nuestro autor, constituye la esencia de los cuentos de la citada trilogía. Una lucha que queda explícitamente resuelta en la frase que cierra el último cuento de Capital de la gloria, cuando una madre le dice a su niño después de uno de aquellos terribles bombardeos: “Esto es la guerra, hijo, para que no lo olvides”. Esta frase, como dice Israel Prados, cierra el bucle abierto en la primera, y si ambas anudan la lucha en la que se debaten los personajes de estos cuentos, la concisión y brevedad de la última resuelve con claridad el conflicto: el olvido, solo para sobrevivir; la memoria, para conservar la dignidad.

2

El cuento titulado Ruinas, el trayecto: Guerda Taro, perteneciente al libro Capital de la gloria, también comienza con la frase citada al principio, aunque ligerísimamente modificada: “Pasarán años y olvidaremos todo, y lo que hemos vivido nos parecerá un sueño, y será un tiempo del que no convendrá acordarse”. Como si de un mantra se tratase, la llamada del olvido, tan presente en toda la trilogía, se adueña de este cuento desde el principio y se convierte en el único objetivo de su protagonista. Pareciera que Miguel, que es así como se llama el personaje, hubiera oído o leído la frase del primer libro, a la manera cervantina, y se la repitiera una y otra vez a sí mismo para convencerse de que está en lo cierto.

Miguel, un soldado del ejército republicano, viendo que la guerra ya está perdida, se va desprendiendo de todo aquello que pueda delatar su pasado, y junto al despojo material, la quema de documentos y carnets, se propone iniciar un proceso de olvido que ha de llevarle a cambiar de identidad, abandonando su propia memoria e iniciando una nueva vida con los papeles de un miliciano fallecido en los primeros meses de la guerra. Con ese propósito inicia una travesía por un Madrid vencido y en ruinas, que comenzará en el cuartel donde se ha alojado en estos años y terminará en una calle lejana, donde un conocido le entregará los documentos de Eloy, el miliciano muerto. Ha de cruzar la ciudad evitando además la guerra dentro de la guerra, aquel enfrentamiento entre tropas del propio ejército republicano que desató el golpe de Casado, quien pretendiendo abrir una negociación con el ejército de Franco, acabó entregando la Republica sin condiciones.

Miguel va caminando por la ciudad devastada, se encuentra con cuerpos sin vida tendidos en la calle, con el entierro de un brigadista, con mujeres que revenden ropa, con parroquianos de una taberna. En un día triste de lluvia y desamparo, va atravesando la ciudad mientras en su cabeza da vueltas el mantra del olvido: has de dejar atrás tu pasado, iniciar una nueva vida, coger los papeles de Eloy, ponerte su traje y despojarte de tu identidad.

Si este fuese el contenido del cuento, estaríamos ante un relato más de supervivientes: su proceso de olvido sería una experiencia dura y triste, aunque común a muchas personas y, por tanto, nada singular. Pero no va a ser así, Miguel va a cruzar la ciudad y, al final de su trayecto, no va a olvidar nada, solo va a cambiar de identidad, y eso por motivos de seguridad. 

La singularidad de este cuento de Zúñiga reside en la aparición, desde el mismo comienzo de la narración, de una fotografía que el protagonista decide conservar junto a unos pocos objetos de uso cotidiano. Una pequeña fotografía que apenas si contiene un vago recuerdo, sepultado bajo una catarata de experiencias vividas en tres años de guerra. Una foto que aparece, para su sorpresa, entre los papeles de su cartera, y que se va a salvar de la hoguera de carnets y documentos comprometedores que un teniente está atizando mientras recogen sus pertenencias. Esa fotografía, aparecida súbitamente entre los papeles de Miguel, va a desencadenar en su interior un proceso de recuperación de la memoria de unos hechos y unos sentimientos que había olvidado, un proceso que impedirá que esa intención inicial de despojarse de todo su pasado vaya más allá de un mero cambio de identidad por razones de supervivencia.

¿Qué es lo que contiene esa fotografía para conseguir torcer la voluntad de olvidar de Miguel? ¿Por qué ha conservado esa foto durante tanto tiempo? Las respuestas a estas preguntas constituyen la esencia de este cuento, en el que se ensambla con maestría la lucha entre olvido y memoria en la que se debate el protagonista, y cuyos encuentros con otros personajes, en el trayecto hacia su destino final, se estructuran y dosifican como finos eslabones que propiciarán la recuperación de ese tiempo pasado que contiene la fotografía y que permanecía perdido en el olvido.




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En el comienzo del relato, el teniente que atiza la hoguera de documentos le pregunta a Miguel si la fotografía es de una amiguita, y este carraspea, contesta que no y se sale de la habitación donde están ambos. Ya en la intimidad, coloca de nuevo la foto en su cartera, y esta, en el bolsillo alto del uniforme, “cerca de donde el corazón se mueve”. Después toma una botella y bebe, pero enseguida la deja caer, pues “no sintió en la lengua la benéfica quemadura del alcohol ni en el pecho renacer la energía”. El lector apenas repara en estos detalles, inmerso como está en una creciente empatía con el protagonista, en su proceso de abandono de todo lo que durante estos años le ha sido tan familiar: los carnets, los documentos, el palacio usado como cuartel, los camastros; todo salvo el uniforme y el capote, pues no tiene otra cosa que ponerse hasta que llegue donde Casariego, el fotógrafo que le entregará la cartera y la ropa de Eloy. El lector se da cuenta, sí, de que Miguel ha decidido conservar una fotografía, pero no detecta aún que en ella puede haber algo muy personal, más allá del posible contenido político y social de la misma, aunque el narrador insinúa con delicadeza que, al descubrirla en su cartera, se ha sentido sorprendido y turbado.

Miguel sale del cuartel y comienza su travesía por la ciudad, una caminata de más de dos horas, y se asegura de lo que lleva palpando el macuto y repasando lo que en él ha metido: algo de ropa, una cuchara, una pitillera y unas botas; después toca el bolsillo alto del uniforme y, sin sacar la cartera del mismo, recuerda el contenido de la fotografía: en ella está la extranjera junto a un hombre y una mujer con cazadoras claras, y detrás se ve la fachada de una casa en un día de mucho sol. Y así, rememorando un día de mucho sol y calor, el bochorno de julio, se dice: “Sí, Brunete, ella estuvo en aquel frente”. Le sonaba aquel nombre, Brunete, uno de aquellos pueblos donde miles de hombres se mataron como fieras. El sol iluminaba la foto que Miguel había decidido conservar y llevar consigo, apenas sabía por qué.

A unos soldados que se le acercan, les pregunta si alguno de ellos estuvo en Brunete, y uno contesta afirmativamente. Indaga acerca de si por allí vio a una extranjera que hacía fotos, y justo entonces recuerda Miguel la cámara Leica que ella tenía en el vestíbulo del hotel Florida. El soldado, sin contestar a la pregunta de Miguel, rememora a los brigadistas internacionales que intervinieron en aquella batalla, y recuerda que uno de ellos, un inglés como un castillo, fue sacado de entre los hierros de una ambulancia alcanzada por un proyectil y evacuado hacia El Escorial.

Sigue Miguel su travesía y, junto a la Puerta de Alcalá, ve cómo unos militares despiden el féretro de un brigadista que no se marchó cuando se fueron los internacionales. Uno de aquellos militares, llamado Alonso, reconoce a Miguel y le aconseja que no vaya por Cibeles, que rectifique su travesía para así evitar refriegas con los de Casado. Lo acompaña un rato y Miguel aprovecha y le pregunta también por la extranjera fotógrafa que anduvo en los frentes. Fue a Brunete, le contesta Alonso, allí la mataron y se llevaron su cadáver a Francia para enterrarlo en París. Así es como Miguel, también por sorpresa, se entera de que la extranjera de su foto había muerto hacía ya casi dos años.

Nuestro protagonista avanza hacia la glorieta de Bilbao y se acuerda de que nunca la vio reír ni sonreír, casi fue antipática con él. Apenas le habló, pero le pidió un lápiz. Los recuerdos le llegan de golpe: era en el hotel Florida, en la plaza de Callao. Una mujer rubia se dirigió a él y le pidió un lápiz mientras le tendía la mano; era rubia, con el pelo muy corto, y él se lo entregó. Al darse la vuelta vio sus tacones altos, sus piernas finas y su vestido color verdoso, y ese atuendo le pareció inadecuado para el trabajo de una fotógrafa de guerra. Miguel, sorprendido por este recuerdo intenso y repentino, se para unos instantes: la siente muy lejos de él. Se llamaba Gerda Taro (el autor escribe Guerda, adaptando su nombre a la ortografía española) y él la acompañó varias veces, a ella y a otros corresponsales extranjeros, en sus visitas a los barrios machacados por las bombas. Son recuerdos de sucesos lejanísimos, aunque Miguel los había vivido hacía apenas dos años, pero subsistían aún en su memoria como experiencias extrañas.

Pasa junto a un panel abandonado, con carteles rasgados y fotos de propaganda: quizá alguna la habría hecho ella. Una vez vio que sacaba su Leica de una funda de cuero y colocaba en ella un rollo y hacía funcionar el disparador, todo muy deprisa. Vio como sus dedos delgados se movían con agilidad, igual que los dedos de una mujer cuando cosía, si bien el contraste resultaba muy llamativo de tan novedoso que era.

Miguel entra en una taberna de la glorieta de Bilbao y se sienta a una mesa, en la que un soldado afín comparte con él su chusco de pan. Le trae recuerdos de otra mesa del hotel Florida, junto a la que vio en su día a periodistas extranjeros, a espías, a negociantes de armas y marchantes de arte. Y se acuerda de Ávalos, que fue quien lo introdujo en aquel ambiente. Sale pronto de la taberna y se encamina por Fuencarral hacia su destino, en el que, cambiando de ropa y de identidad, vendría a ser otra persona. Y sigue con Ávalos en su cabeza, quien unos días antes le había dado un consejo: “Oculta que defendiste la República, evita los riesgos y mantén las ideas”. Fue Ávalos quien le presentó a Gerda y a los otros periodistas, diciéndoles que iba a ser su acompañante e intérprete. Ella contestó tendiéndole la mano, la misma que tres días antes cogió de las suyas el lápiz que luego no le había devuelto.

Por San Marcos ve tirados en la calle dos cuerpos sin vida, tendidos en el suelo junto a regueros de sangre, y rememora otra mancha parecida junto a unas hojas de papel y un lápiz dorado, cuando un proyectil disparado desde el Cerro de Garabitas hirió a un militar. Lo evacuaron inmediatamente mientras él recogía las pertenencias del herido y las depositaba en el cuartel de al lado. Entregó todo salvo un lápiz dorado, ese lápiz que luego ofreció a la extranjera.

Al cruzar la Gran Vía de nuevo le viene a la memoria el vestíbulo del hotel Florida, en la cercana plaza de Callao; ahora seguro que permanecerá silencioso, tan distinto al de hace casi tres años, cuando él estuvo allí con la extranjera fotógrafa. Pensó entonces que igual ella venía en misión secreta y que quizá eso explicaría su adusta acogida. Ávalos le dijo que se llamaba Gerda Taro, pero que probablemente sería un nombre falso, como el de tantos otros.

Al pasar junto al Casino Militar, piensa que su fachada es similar a la del palacio que aparece en la fotografía, el que albergaba la sede de la Alianza de Intelectuales, cerca de Cibeles. Allí había ido una vez con Gerda Taro por algún motivo, y vio cómo se acercaron a ella dos franceses y colocaron en una mesa varias fotografías que sacaban de un sobre. Preguntó Miguel que de quién eran y los franceses señalaron a Gerda. Ella las miraba y, de vez en cuando, mostraba su insatisfacción ante alguna de ellas. Entonces se acercó un periodista del Ahora, y cuando uno de los franceses elogiaba la fotografía como procedimiento para mejor guardar la memoria de los hechos diarios, él español alegó que la fotografía resultaba pobre como documento. Fue entonces cuando, por primera vez, oyó Miguel hablar seguido a Gerda Taro, cuando dijo que las fotos podían dar testimonio de lo que hubiera ocurrido en un determinado momento, “y que pasarían años y todo quedaría olvidado pero un día esas fotografías habrían de servir para juzgar la barbarie y la crueldad de unos años sangrientos.”

(Otra vez la frase del principio del cuento, el mantra que se repite en la trilogía, y que cobra vida en las palabras de la propia Gerda Taro, súbitamente recordadas por Miguel. Ahora la frase ya está completa, uniendo las dos de aquel bucle que decíamos más arriba. Así que era una frase de Gerda Taro, la extranjera fotógrafa, una frase recogida por Miguel, cuando este va encontrándose con los recuerdos que desencadena la presencia súbita de una fotografía. “Pasarán años y todo quedará olvidado pero un día estas fotografías habrán de servir para juzgar la barbarie y la crueldad de unos años sangrientos”. Esto es lo que dijo Gerda Taro, y con ese impulso enérgico defendía la importancia de la fotografía como documento histórico y como testimonio ético para recuperar la memoria con dignidad. Otra vez el duende de Cervantes en los textos de Zúñiga. La frase de Gerda Taro, oída por Miguel y recordada por este en estilo indirecto, no es que cierre el bucle del que antes hablábamos, es que lo amplifica y lo completa. Si el niño del último cuento de la trilogía alguna vez se olvidase de los bombardeos, desoyendo las palabras de su madre, “Esto es la guerra, hijo, para que no lo olvides”, las fotos de Gerda Taro, y de tantos otros, darían testimonio para juzgar aquella barbarie).

Fue en aquel preciso instante en el que Miguel oyó hablar así a Gerda, cuando intuyó en ella una mayor seriedad, después de las primeras impresiones, cuando la conoció con vestidos elegantes, fumando cigarrillos caros y realizando un trabajo, a su parecer, impropio de una mujer. Y de un fotógrafo a otro, Miguel se acuerda ahora de Robert Capa, acaso su compañero, y de la estancia de ambos en los frentes de Aragón y de Córdoba, y de que enviaban sus fotos a París para su publicación en varias revistas francesas. Y de que cuando Capa regresó a París, ella se quedó en Madrid. Y le viene a la memoria cuando la acompañó al barrio de Argüelles, destruido tras los bombardeos del primer noviembre de guerra; ella disparaba una y otra vez su Leica, mirando toda aquella destrucción sin decir nada, mostrando así su interés por este país y por la causa del pueblo. Había estado en la Almería bombardeada, en el Congreso de Intelectuales de Valencia, en el frente de la Ciudad Universitaria, en las largas colas de los economatos de Madrid.

Y ahora Miguel, en esta catarata de recuerdos desencadenados, evoca con nitidez cuando una vez subieron al torreón del Círculo de Bellas Artes, desde donde Gerda quería tomar unas panorámicas, pero desistió por la intensidad del sol. Sacó tabaco, le tendió un cigarrillo y él lo aceptó mientras, a su vez le daba fuego: por primera vez le sonrió. Luego le señaló las torres de la Telefónica envueltas en densas nubes de humo y las cúpulas de San Francisco el Grande y dijo en español: “La capital de la gloria, cubierta de juventudes la frente”.  Meció la cabeza con un gesto de duda y miró a Miguel. Este, perplejo al no prever que conociera los versos de Alberti, se quedó boquiabierto,  y aquello le hizo tener otra idea de cómo podía ser Gerda. Fue entonces cuando la miró fijamente y hubo de admitir que el claro azul de sus ojos daba a su fisognomía una serenidad que, a la vez, parecía una reserva de sus sentimientos que quizá se confundía con altivez.

Miguel avanza por la calle de los Peligros hacia la de Sevilla, mientras Gerda Taro le iba brotando a borbotones del olvido, y llega a reconocer ante sí mismo que voluntariamente la había apartado de su mente en todos aquellos meses de intranquilidad y de tensiones, y esta certidumbre aumenta tanto su malestar que se tiene que parar y apoyarse en la pared para recomponerse un poco. Ya recuperado, entra en Las Cuatro Calles y decide ir al hotel Inglés, donde estuvieron alojados Gerda y Robert Capa, por ver de hablar con Iriarte, para conocer mejor lo que el olvido le había ocultado de la fotógrafa.


Iriarte, después de unos momentos de incertidumbre al ver entrar a Miguel, le pregunta a este en razón de qué se interesa por aquella alemana en momentos tan llenos de amenazas y zozobras, a lo que el otro le contesta que en las últimas horas ella le venía una y otra vez al pensamiento, pues cuando quemó su documentación esta mañana, encontró una foto de ella y decidió conservarla. Iriarte le pide la foto, nunca había visto una de Gerda, y al tenerla en sus manos dice: "sí, es ella, con el peinado y el vestido de aquel verano". Y recuerda que había venido com Robert Capa, y que se alojaron en el hotel. Y que aquello ocurrió cuando estaba acabando la ofensiva de Brunete, en cuya retirada un tanque la atropelló. Gerda había huido del régimen nazi y recaló en París, donde conoció a Robert Capa y con quien aprendió a manejar una cámara de fotos. Llegó con él a Barcelona en los primeros días de la guerra y luego estuvieron por muchos sitios. Capa se fue a París, pero Gerda no quiso faltar en Brunete. En el desorden de la retirada, iba subida en el estribo de un camión, con una mano sujetándose en la ventanilla abierta y el trípode en la otra. Un tanque que venía en dirección contraria se ladeó, la golpeó, Gerda cayó al suelo y el propio tanque, o quizá el mismo camión, le aplastó una pierna y parte del vientre. Quedó muy malherida y la evacuaron con urgencia a un hospital de sangre ubicado en el monasterio de El Escorial. Y allí murió. Fue terrible su final, tan joven y con tantas posibilidades. Sus fotos eran espléndidas, pues sabía elegir los momentos más emocionantes y, además, era extraordinariamente valiente.

Iriarte termina su evocación, y se produce un silencio en el que Miguel siente que ya todo está confirmado: sí, Gerda había muerto en Brunete, atropellado y roto su cuerpo. Reflexiona y concluye que debió pasar desapercibido aquel tremendo accidente, pues a nadie se lo oyó comentar ni lo leyó en ningún periódico. Iriarte le pregunta de nuevo, mientras sigue mirando la foto, el porqué de su interés por aquel asunto, a lo que Miguel le responde que es solo por curiosidad. Iriarte recuerda que la muerte debió ocurrir entre el 20 y el 25 de julio y, mientras lo va diciendo, nuestro protagonista se imagina la cámara de fotos aplastada, quizá al lado del lápiz que él le dio, ambos manchados de sangre. Iriarte le dice que le dé la foto, pero Miguel se resiste, aunque accede a dársela finalmente. Según va saliendo del hotel, Miguel piensa que en los tiempos que vienen será conveniente olvidarse de la extranjera y de todos los que vinieron a ayudar a la República.

Nuestro protagonista sale a la calle desconcertado; se imagina a Gerda muriéndose sola en un sitio frío e inhóspito como era el monasterio. Y a la vez se asombra de que unos recuerdos tan lejanos le hayan atraído tanto desde que dejó el cuartel. Ahora, cuando ha conocido en detalle ese final de Gerda sin continuidad posible, siente cómo por dentro le araña el remordimiento por haberla olvidado totalmente en los últimos años, a pesar de que piensa que tenía razones íntimas para haber decidido retirar de su mente a Gerda Taro, su figura, su aspecto físico, la entonación de su voz, la audacia en su tarea como reportera de guerra.


Al pasar por la plaza de Matute se refugia de la lluvia en un portal y oye a unos soldados hablar de las responsabilidades que les esperan. Después se encamina hacia Antón Martín, donde, tras la máscara de Eloy, logrará salvarse en la catástrofe. Guardando silencio de lo pasado nadie lo descubriría, pero, en secreto, conservaría la memoria de cuanto le fortaleció y le hizo madurar durante estos años. Y se convence de que no debía hundir en un nuevo olvido las fotografías que entonces se hicieron. La travesía de Miguel va llegando a su fin. Cuando entra en la calle de Santa Isabel, se da de bruces con una casa bombardeada, abierta de arriba a abajo. Por un instante ve allí a Gerda, desgarrado su vientre a la luz del sol de julio. A Gerda Taro, que dejó en sus fotografías testimonio del gran delito que había sido la guerra.


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En todos los cuentos de Zúñiga hay ciertos objetos que hacen brotar emociones y sentimentos, funcionando como señales que arman la narración. Así ocurre en nuestro relato, en el que una pequeña fotografía desencadena la recuperación de la memoria del protagonista. Pero también hay otros objetos: el lápiz dorado, que supone una velada alusión a emociones íntimas; el jersey manchado de sangre, símbolo de muerte, pero también de  que la vida sigue; la cartera y el traje de Eloy, salvoconductos para una vida más segura; el panel de fotos, desencadenante de recuerdos; el himno, memoria de los brigadistas; el pan compartido, indicio de solidaridad; el cartel, memoria de un tiempo pasado; el obús, símbolo de la barbarie; el cuerpo atropellado, imagen de la entrega y la dignidad. Todos ellos se aúnan para articular una narración cuyo hilo conductor es sin duda la fotografía. Una pequeña fotografía que nos va conducir a la defensa que Gerda Taro hace de ese novísimo medio, quizá el más eficaz para construir la memoria de un tiempo pasado. 

Un tiempo que, de otra manera, podría perpetuarse en los vastos jardines sin aurora, donde todo quedase sepultado entre ortigas, como diría Luis Cernuda. Un tiempo pasado que será recobrado gracias al testimonio ofrecido por las fotografías captadas en la Capital de la gloria. Una Capital de la gloria cuya memoria habrá de recuperarse algún día, y que será, sí, un canto a aquellos que, en noviembre de 1936, defendieron la ciudad y frenaron a los facciosos, a la manera de Alberti. Pero que será, sobre todo, una Capital de la gloria tamizada por la ironía, quizá simbolizada en el gesto de duda que Gerda Taro hizo en el torreón del Círculo de Bellas Artes al contemplar la ciudad asediada. Capital de la gloria, sí, de una ciudad rendida pero orgullosa de su dignidad.




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Después de más de dos horas de trayecto por la ciudad en ruinas, y gracias a los recuerdos que le evoca una pequeña fotografía, lo que en principio iba a ser despojo y olvido para el protagonista del cuento, se convierte en un simple cambio de identidad y en una voluntad firme de guardar memoria de aquel tiempo de guerra. Miguel, en su propia busca del tiempo perdido, decidirá conservar su memoria y, en consecuencia, vivir con dignidad. Guardar en la memoria aquel gran delito que fue la guerra, en cuyo horror cayó Gerda Taro, aquella mujer extranjera y fotógrafa de la que se enamoró como del rayo un sorprendido Miguel, y a la que, en la vorágine de la guerra, decidió olvidar para poder vivir.

Ahora, ese tiempo recobrado le ayudará a vivir cuando ya todo parecía perdido. La aparición por sorpresa de aquella fotografía y la progresiva recuperación de la memoria de aquella insólita mujer, el punzante dolor de saberla ya muerta y el velado reconocimiento de las emociones y los sentimientos que en él desencadenó, harán posible torcer el camino del olvido que pretendía iniciar, y permitirán depositar en el ejercicio de la memoria el fundamento de su dignidad. Una memoria cuya recuperación ha iniciado Miguel mediante el empuje de las emociones y los sentimientos que la fotografía ha liberado. Un proceso de emociones y de sentimientos sociales, pero también íntimos, que van a fundamentar la ética de la memoria y que serán el alimento de la moral de resistencia del protagonista en el largo tiempo de silencio que van a imponer los vencedores de la guerra, ese gran delito del que siempre darán testimonio las fotografías de una extranjera llamada Gerda Taro, que “entregó su hermosa vida a una digna tarea, a una causa perdida”.